Auto de fe

Imagen: Pixabay

Como un enjambre después de recibir la pedrada de un niño, así sentí caer sobre mí las miradas de los presentes.

El comité de dirección había prolongado durante casi seis horas la escenificación del auto de fe: lisonjeándose unos a otros, desviando hábilmente responsabilidades, con esporádicos golpes de pecho, más como gesto de dominio que de contrición, y por fin, expresando su gran visión sobre el futuro de la compañía.

Así que, cuando el presidente preguntó si alguien tenía algo que decir antes de proceder a la firma de las condiciones del despido colectivo, no pude evitarlo, levanté levemente mi mano, le miré a los ojos y dije: “sois unos cabrones”.  

Anuncios

La explosión

Imagen: Pixabay

Comienzan a acumularse en la superficie del planeta, los restos de la explosión acaecida en Ceres. Desde el refugio cercano al cinturón de asteroides de Epsilon, observamos intranquilos la evolución de los acontecimientos.

Mientras tanto hemos visto en el dispositivo de visualización un documental acerca del planeta, de hace apenas cuarenta años. Es increíble, había árboles y parques y fauna. La gente paseaba por las calles. Había muchos edificios e incluso pueblos al borde del mar.

Ninguno de los que estamos en el refugio, hemos conocido ese mundo. Debió ser espectacular.

Lápiz

Imagen: Pixabay

El lápiz con el que ella le dibujaba cada mañana, había desaparecido.

También los dibujos.

Pensó que era algo extraño y se dio cuenta del silencio que reinaba en su casa. Respiró hondo y no quiso preocuparse.

Pero pasadas unas horas comprendió que también ella había desaparecido. Hizo un esfuerzo y recordó que la noche anterior le había sacado punta a todos los lapiceros.

La medicina tenía algunos efectos en su memoria. Vagamente recordó, que ayer había hablado con ella… pero poco más.

En la habitación contigua una enorme mancha de sangre le hubiera indicado cuan punzante estaba la punta del lápiz.


original publicado en septiembre 2.016

Más allá

Acercándose un poquito más al borde del barranco, donde se esconde el misterio al que acababan de invitarle, se asoma temeroso, convencido de que es capaz de volar.

Se pregunta si tendrá vértigo, como cuando era humano.

“Es increíble piensa, si la gente se enterase de que tras la muerte, no hay ni más allá, ni cielo, ni infierno, sino simplemente la reencarnación en un animal, caerían muchos muros, mitos e incluso religiones”

Pero él no puede hablar, ni expresar sus pensamientos. Ahora es un águila, solo puede volar.

Así que decide disfrutar del nuevo reto y saltar por el barranco hacia el infinito.


Imagen:

Flying eagle point of view #1


La (in)decisión

imagen: Pixabay

Salieron juntos cogidos de la mano. Hacía días que la decisión estaba tomada y tras un hermoso paseo de quince minutos, llegaron al lugar.

Se miraron, suspiraron fuertemente, se besaron y corrieron agarrados hacia el acantilado.

En el último momento él se arrepintió y soltó bruscamente la mano y al instante el cuerpo de su amada caía sobre las rocas punzantes azotadas por el mar.

Incentivos

Hacía casi dos milenios que lo habían crucificado, pero ahora estaba muy satisfecho reencarnado en director general de una multinacional. Después de las trescientas sesenta y dos reencarnaciones anteriores, algunas verdaderamente difíciles, al fin podía disfrutar de un estatus que le estaba gustando.

Eso sí, tomaba algunas decisiones difíciles de entender para sus compañeros de comité directivo, unas contra la discriminación laboral, otras a favor de la conciliación familiar, etcétera.

Pero cuando propuso repartir incentivos entre todos los empleados, el director financiero, le dijo exaltado,

–   Eso ni de coña, aunque viniera Dios aquí

Y claro, le entró un ataque de risa.


Imagen: Montalleri

Rincones

Los rincones vacíos de la casa ya desmantelada, dejaban una sensación de soledad. Espacios geométricos remarcados por el polvo, con la marca evidente de otros tiempos mejores.

Me fijé en el suelo de mi cuarto. Me puse exactamente donde me habías indicado. Medí con exactitud los centímetros hacía el norte y luego hacía el oeste. Toqué las tablas de madera, pero no parecían moverse.

Insistí con fuerza y entonces una de las tablas cedió dejando ver un mínimo hueco donde debía estar la llave que buscaba.

Pero no había nada. Entonces lo entendí todo.

No hay ninguna llave secreta para abrir el corazón.