Tres consejos

Imagen: Pixabay

Mi primer trabajo fue en una compañía de alimentación, afincada en Madrid. Recuerdo las reflexiones que me hizo mi primer jefe hace ya muchos años.

Me dijo, “Carlos, la discreción es fundamental en el trabajo, es importante que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha” y añadió “no olvides que, en una conversación, tan importante es lo que se dice como lo que se calla y a menudo esto último es aún más decisivo”. Y por último, una frase singular “más se consigue con una gota de aceite que con mil de vinagre”.

Tal vez en ese momento y a mi edad de entonces, no entendí en su totalidad el sentido de estas frases, pero con el paso del tiempo me he dado cuenta de que son muy ciertas. Y por eso también adopté estas reflexiones para mi vida personal.

Así pues, he intentado hacer de la discreción un valor sólido de mi persona, he intentado aprender a interpretar el lenguaje del silencio, a menudo tan complejo y delicado, y siempre que es posible, intento aligerar las tensiones de los conflictos cotidianos, en la búsqueda de soluciones consensuadas. 

Si he tenido éxito o no, creo que no me corresponde a mí señalarlo. Ignacio que así se llama ese primer jefe, me dio tres buenos consejos, que he aplicado de la mejor manera posible. 

Ahora se ha jubilado y aunque nuestras vidas profesionales se separaron hace años, seguimos manteniendo el contacto. Por fin puede disfrutar del golf y del mar cerca de Cádiz. Un gran tipo.

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Fotografías

 

Imagen: Pixabay

Recordar puede llegar a ser duro.

Revisando fotos y más fotos que tenía guardadas mi padre, me he visto en muchas de ellas, de bebé, de niño, de adolescente. Sin embargo, hay un momento en el que ya no aparezco más que en contadas ocasiones. Debió ser cuando ya había emprendido mi propio vuelo.

Hay fotos en las que los mayores del momento, ocupan los puestos de pie al fondo y los jóvenes estamos en primera fila. Me doy cuenta de que la mayoría de esos mayores ya no están y de que los jóvenes de aquel momento ocupamos ahora la parte de pie al fondo y que nuestros hijos y sobrinos ocupan esa primera fila.

Eso significa que en el árbol de la vida hemos escalado posiciones y que será ley de vida que, en unos años, más o menos, nosotros también desaparezcamos y nuestros puestos sean reemplazados por los que son más jóvenes y así una y otra vez, en una hipotética foto vital.

Hoy cuando ocupo junto a mis herman@s y mis prim@s el lugar preponderante de esa foto,  me pregunto ¿quién de la fila de mayores, será el primero en dejar su hueco en la fotografía?

No lo digo en un plano dramático, en absoluto. Sino más bien de “curiosidad realista”. Porque la experiencia demuestra que no hay un orden de edades sino más bien, un orden de circunstancias.

Llega un punto en el que no quiero seguir viendo más fotos, me resulta una labor dolorosa.

Lo retomaré en otro momento, cogeré fuerzas para seguir ordenándolas, para que en el futuro, los más jóvenes que quieran verlas, puedan averiguar quién era quién en la fotografía de su propia vida.

¿Límites?

 

Ana tuvo un blog en wordpress. Al principio no tenía mucho tirón y ella tampoco le dedicaba tiempo, apenas si recibía algunas pocas visitas al día. Para darle más vidilla, Ana estuvo visitando otros blogs con la intención de darse a conocer dejando constancia de sus visitas mediante los “me gusta”.

Había comprobado que los textos más personales y emocionales tenían bastante buena acogida, así que decidió crear una historia totalmente ficticia y bastante emocional, sobre un amigo suyo que lo estaba pasando verdaderamente mal. En realidad a nadie importaba si la historia era cierta o no, a fin de cuentas esto era solo un blog y se supone que en un blog uno escribe sobre lo que quiere.

Tras varios días dedicando tiempo a “conocer” blogueros, a visitarlos y a comentarlos, publicó su primer texto sobre esa historia. Y la verdad es que las visitas recibidas aumentaron. Era un primer paso.  A la vista de lo que ella consideraba un “éxito” siguió en esa línea publicando sobre las desgracias que le sucedían a su amigo y creando unas expectativas y un interés en sus lectores que poco a poco se iban acercando más a su blog.

Apenas unas semanas después, comenzaron a llegar en masa los “me gusta” y la gente comentaba con interés sus textos. Así las cosas, Ana fue incrementando las desgracias de su amigo comenzando a recabar incluso una cierta solidaridad virtual, que llegó a su máximo exponente, cuando en un texto dramatizó que realmente su amigo, era su propio hermano, que sufría una grave enfermedad. Alcanzó más de 50 “likes” en apenas unas horas y hubo decenas de comentarios de solidaridad, de ánimo, incluso recibió algunos emails personales de gente que quería mostrarle su simpatía y solidaridad en los momentos difíciles que estaba atravesando.

Al cabo de tres meses, cada texto tenía más “me gusta” que el anterior y los comentarios en la mayoría de los casos se centraban en el aspecto personal.

Fue a raíz del email de un bloguero -que era médico- interesándose sobre el tratamiento que “recibía” su hermano, cuando se dio cuenta de que había entrado en un bucle peligroso, abusando de la complicidad y empatía de otras personas, porque había creado un personaje ficticio con una realidad ficticia que tenía desde hacía semanas consecuencias emocionales. Ana nunca había aclarado acerca de la ficción de la historia, pues muchos de sus lectores habían entendido que lo que ella contaba estaba sucediendo de verdad.

Agobiada por la solidaridad y por la preocupación creada en otros, Ana decidió dar por terminado su blog tras seis meses y no encontró peor manera de poner punto final al mismo, que con otro giro dramático, comunicando el fatal desenlace de su hermano, lo que originó una avalancha de comentarios solidarios.

Pero en esta ocasión, Ana no contestó los comentarios. Nadie supo jamás que la historia había sido pura ficción. Y ella nunca lo aclaró.

Al poco tiempo, cerró el blog.

Don Pascual

Imagen: Pixabay

Me gustaba ir a ver a Pascual, el abuelo de Tania. Era un hombre muy leído y culto. Sus noventa y tres años le daban un porte especial. Su voz algo quebrada era aún sugerente… 

-¿De verdad crees que eres libre? Nadie elige su vida, ni ahora ni antes. 

– Antes en el pueblo nos debíamos a las decisiones de los padres. Entonces se tenían muchos hijos y de siempre, el mayor iba para militar y el siguiente para cura. Se les buscaba un sustento fijo. Como a las hijas, a las mas agraciadas se les buscaba un buen partido, a las menos se las encaminaba a la vida contemplativa, ya sabes como monja…

… Y quedábamos los pequeños, para los que apenas había más empeño que la propia supervivencia, el trabajo en el huerto, en el almacén de algún acaudalado indiano y los más afortunados hasta podían ir a la escuela, aunque no todos aprovechaban esa oportunidad. La vida nos hacía a nosotros mismos, no elegíamos casi nada y suerte si no pillábamos alguna enfermedad de esas que te llevaban al huerto, pero al otro huerto…

…Nosotros éramos catorce hermanos y cuatro murieron de pequeños, dos por enfermedad y otros dos por accidentes. Y otros dos en la guerra. A mi hermano Luisito lo atropelló un carro tirado por un buey. Y Carmencita se despeñó jugando al escondite, ya ves tú que fatalidad…

…Y mi hermana Angelita la más lista de todos, que emigró a Francia a vendimiar y se quedó sirviendo en una casa que mira tú por donde, era de unos señores de dinero y como Angelita era muy buena con la costura, se  la llevaron a París y la metieron en una casa de esas de ropa buena y cara. Recuerdo que cuando venía al pueblo las otras mujeres le cuchicheaban envidiosas a sus espaldas y Angelita las hacia rabiar y un día cansada de como la miraban, le mostró el liguero al señor alcalde y claro, acabó en el calabozo, que aquello fue un escándalo y luego Padre hubo de sacarla de allí y bien orgulloso que estaba de su hija…

…Y luego estaba Nicolás que fue preso político pero de los de verdad, no como ahora que llaman preso político a cualquiera… que le llevaron a varias cárceles por rojo y le dieron de hostias a diario. Y luego Nicolás ya con la democracia se afilió al Partido Comunista y llegó a ser alcalde del pueblo y un buen alcalde te aseguro y no porque fuera mi hermano…

… Y claro que no se hablaba con Ramón el mayor que era cura y del régimen franquista y que no hizo nada por echarle una mano ni por interceder, que eran tiempos en los que un cura valía su peso en oro…

… Y me acuerdo de Ruperto, que se metió a militar y le tocó en el bando republicano y fue de los últimos defensores de Madrid en las batallas de la Ciudad Universitaria y de Navalcarnero. Ellos sabían que si Madrid caía, la guerra terminaba pero nunca se rindieron y allí que se dejaron la vida y  fíjate tú que Ruperto tenía veintidos años solamente…pero si era casi un niño…

… No sé, pero no me acuerdo mucho de mis otros hermanos… que pena…

… Yo que era de los pequeños, me gané la vida en el huerto de Don Venancio y luego poniendo ladrillos y de paleta y hasta aprendí fontanería y era bueno de verdad, jejeje…y aquí me tienes con mi pequeña pensión  pero feliz en el pueblo, esperando que me llegue la hora de acompañar a Nicolás, a Angelita, a Nicanor, a Carmencita, a Ruperto…incluso al cabrón de Ramón…

-¿Oye Tania, tu crees que tu amigo querrá volver a visitarme, porque es que yo hablo mucho y además creo que entremezclo las historias, pero claro a mis años… aunque creo que le interesa y parece buena gente, aunque mira mucho su teléfono…

Aeropuerto

Imagen: Montalleri

Como tantas veces, he ido al aeropuerto a recibirte después de tu estancia de trabajo. Por la misma puerta, entraban los pasajeros de tres vuelos casi a la misma vez. Tú Pablo, siempre eres muy tranquilo, sin prisas, te gusta salir de los últimos, lo sé.

Comienza a salir la gente, un chorro de personas de distintas nacionalidades e idiomas. Se suceden los saludos, los abrazos emocionados, los choques de manos, la algarabía y la discreción a partes iguales.

Te imagino como siempre con tu habitual desaliño, barba de tres días, unos vaqueros, una camiseta, tu gorra, tu mochila al hombro y arrastrando tu trolley.

Te imagino y te espero.

Y te sigo esperando, cuando siento una mano sobre el hombro. La mano de tu hermana Marta. Me giro. Y Marta me mira y me sonríe y me abraza muy fuerte y yo intento mirar hacia la puerta porque, si no nos vemos, tendrás que irte en el autobús y yo quiero que sepas que te he ido a buscar, como he hecho tantas veces.

Marta me agarra por el hombro con cariño pero con fuerza.

Y entonces lo recuerdo todo y estallo en lágrimas.

Como te echo de menos hijo mío.   

Castillos en el aire

Imagen: Montalleri – Castillo de Coca – Segovia

Observando la belleza del Castillo de Coca, pensaba en su construcción que data del siglo XV, hecha sin duda, con buenos cimientos.

Cimientos que sin embargo, suelen faltar a “los castillos en el aire”, expresión que siempre me ha parecido curiosa y que indica que estos castillos, suelen derrumbarse más pronto que tarde, al abrigo de una esperanza que no se cumple.

En realidad, pasar de fantasear a ilusionarnos solo está separado de una fina línea. Y ese es el ejercicio que propongo, coger un folio en blanco y un lápiz y dedicar un tiempo a la reflexión sincera para escribir al desnudo, aquellas cosas por alocadas que sean, que nos hubiese gustado llevar a cabo y que obviamente tengamos pendiente de hacer, casi siempre subordinadas a nuestros “motores de vida”.

Esos “motores”, generalmente están basados en el amor, la familia, el trabajo, la amistad, el estudio, pero hay momentos en los que alguno de los motores falla y es necesario rectificarlo o incluso cambiarlo.

Tal vez sea el momento de retomar las ideas escritas en ese papel en blanco. Aquello que nunca pudimos hacer, ni terminar, puede que ni siquiera empezar.

Aquellos castillos en el aire, que quizás hoy, desde una nueva perspectiva, podamos al fin comenzar a construir con fuertes cimientos.

Volando voy…

imagen: Marina
Imagen: Marina

Volar ha sido siempre el sueño del ser humano. Sentir esa libertad ante el infinito marcado por el sol y las nubes. Sentir esa sensación peculiar, ese impulso, esa mezcla de poder, de grandeza, compatible con sentirse  a la vez, pequeño ante semejante inmensidad.

Por volar también se entiende, tener alas en la mente para dar pasos en la vida, desde la imaginación hacia la libertad. Palabras, hechos y emociones que despegan a riesgo de vientos, pero cercanos al cielo.

Según esta acepción del verbo, una persona a la que admiro y aprecio, ha volado muchas veces mostrando su valor, su coraje, su necesidad de salir de espacios oscuros y agobiantes, con su inconformismo, con sus decisiones.

Y ahora esa misma persona, ha volado de verdad, no solo a través de las emociones terrenales sino surcando el cielo. 

Después de un duro e intenso aprendizaje, ha volado por primera vez sola, sin la compañía de su instructor.

Estaba radiante y me envió la foto que ilustra este post.

Y me consta que ha sido feliz. Enhorabuena Marina.