Marcia

Imagen: Pixabay

El Emperador Casto Cornelio fue asesinado con veneno, dentro de los continuos sucesos de la Roma imperial, donde las venganzas y traiciones estaban a la orden del día.

Cabe recordar, que el mismo Casto Cornelio, llegó al poder tras la muerte en extrañas circunstancias, de varios senadores que eran contrarios a su nombramiento y que apostaban por el senador Didio Licinio.

Todo indicaba que eran ahora los seguidores de Licinio, los causantes del envenenamiento del Imperator.

Lía, la hermana de Casto, se preguntaba quién habría tomado la iniciativa. Era absolutamente necesario, que alguien de Palacio hubiera intervenido para asesinar al Emperador.

Dudó de los esclavos a quiénes despreciaba profundamente. Y para satisfacer sus ansias de venganza, mandó matar a todos los que trabajaban en las cocinas de palacio, así como a los esclavos y esclavas personales del Emperador.

Sería un escarmiento definitivo… pero hizo una excepción. 

La excepción fue Marcia, la joven era fruto de una relación que hace años, mantuvo el Emperador con otra esclava, lo que no impedía que Casto Cornelio yaciera con la joven Marcia, a su gusto y albedrío. Fue esa relación filial con el Emperador, la que la salvó, cuando Lía decidió evitar expresamente su muerte.

Nadie supo jamás que fue Marcia, quién a cambio de una bolsa de monedas y la promesa de salir de Roma, se ofreció a envenenar al Emperador, en cuanto fuera llamada a sus aposentos, para yacer con él.

Odiaba profundamente a Casto Cornelio y a su hermana Lía.

Horas después de verter veneno en la copa de vino del Emperador, Marcia con la ayuda discreta pero efectiva, de los hombres de confianza de la familia Licinio, pudo huir de Roma rumbo a la Galia, donde emprendería una nueva vida, ajena a las luchas y desmanes que se estaban produciendo en la ciudad imperial.

El futuro de Lía, la hermana de Casto, fue corto, puesto que miembros de la Guardia Pretoriana cerraron el círculo, traicionando su confianza. Fue el jefe de la Guardia quién personalmente la atravesó con la gladio, dándole muerte.

Poco después el Senado ratificó el nombramiento de Didio Licinio, como nuevo Imperator.

La convulsa historia de Roma continuaba.

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El error del Trovador

Sigo observando mi trocito de cielo desde esta mazmorra, es lo único que me recuerda la vida.

Yo era trovador, más sin duda temo que trové a quién no debiera haber trovado.

Solo vi en ella una hermosa dama, cuyos ojos me cautivaron al instante y le canté ignorando que fuera la hija del más importante valido del Rey y que éste, tomara mi trova cual ofensa a la virtud de su primogénita.

No era mi intención ofender, si bien debo admitir que no me hubiera disgustado en absoluto, catar la mencionada virtud.

Merezco pues, mi triste final.

Solo ruego al Señor, que no me corte el cuello Damián el tembloroso.


Original publicado en octubre 2.016

Rufus

Imagen: Montalleri

Decía llamarse Rufus Gomstone. Al menos, con ese nombre reservaba todos los domingos una mesa para dos, en un coqueto restaurante de las afueras de su ciudad. Pero siempre comía solo.

La primera vez que el camarero intentó retirar el cubierto sobrante, Rufus se enfadó mucho…

– He reservado una mesa para dos y será para dos, hasta que me marche.

Desde entonces, en el restaurante ya le conocen de sobra y puntualmente le esperan los domingos, con su mesa preparada para dos comensales.

La costumbre es que después de la comida, Rufus salga a la puerta del local y se siente, en silencio, con la mirada perdida y allí se mantenga una hora. Ya puede hacer frío o calor, lluvia o sol, Rufus siempre espera sentado allí.

Luego se levanta penosamente y se marcha.

Dicen que hace años cuando se dirigía en coche a ese mismo  restaurante, tuvo un accidente en el que falleció su esposa. Tal vez eso explicaría su deseo de disponer siempre, de una mesa para dos comensales.

Aunque en realidad el protagonista de ese accidente fue un tal Rufino Gómez y el resto de la historia, incluído el cambio del nombre, no dejan de ser habladurías sin contrastar.

Y hoy, que es domingo, Rufus Gomstone o Rufino Gómez, tiene ya su mesa preparada.

La Mochila

Imagen: Pixabay

Regresaba a casa tras la reunión familiar por Nochevieja. Bebo poco, pero anoche me excedí para lo que soy yo. Así que preferí no conducir y tomé un taxi.

Hacía frío, ese frío seco propio de mi ciudad. Apenas cero grados por lo que me ajusté la bufanda y los guantes, abotonando todo mi abrigo. Conseguí un taxi al tercer intento y una vez en mi edificio, pulsé el botón del ascensor.

Hasta ahí todo normal. Al abrirse la puerta, encontré una mochila en el suelo que con seguridad alguien despistado se habría dejado allí, tal vez por los efectos de la fiesta. Eso le puede pasar a cualquiera. Así que me llevé la mochila a casa. Y pensé en poner un cartel en el ascensor para avisar de que la había encontrado. Y así lo hice unas horas después.

Ese día 1 de enero, nadie la reclamó. Pero tampoco el día siguiente ni al otro. Ni en una semana, ni en quince días. Hasta que una mañana el cartel, ya no estaba pegado en el interior del ascensor.

Vencí mi natural prudencia y abrí la mochila en busca de alguna documentación que me permitiera averiguar la identidad de su propietario.

En su interior encontré algo de ropa usada, un libro de aventuras y un  sobre cerrado dirigido “a quién corresponda”. Me pregunté si yo mismo sería esa persona “a quién corresponda”, así que abrí el sobre encontrando en su interior una carta manuscrita que comencé a leer con avidez.

Conforme lo hacía, sentí un sudor frío. Tuve que sentarme para poder continuar. La carta reflejaba puntualmente hechos y sucedidos de mi vida que de una u otra manera, me dejaron marcado. Temas pendientes de resolver, mucho de ellos por dejadez, por comodidad.

Heridas del corazón que sufrí, pero también que hice sufrir. Amistades que perdí con el paso del tiempo, cuestiones de trabajo que nadie podía conocer, salvo yo mismo. Conversaciones dolorosas con mis padres, con mis hermanos, que jamás cerramos del todo.

Pronto me dí cuenta de que esa mochila era realmente mi propia carga, mi mochila de la vida que todos vamos llenando con el paso de los años, que prometemos vaciar con nuevos propósitos, pero que no solemos hacerlo, o bien porque ya es tarde, o bien porque no tenemos la fuerza para ello.

La carta terminaba diciendo: “esta es tú mochila, de ti depende que la vacíes todo lo que puedas, para que tu caminar por la vida no sea tan pesado ni doloroso. Es tu decisión”.

….//….

Eran las 3 de la tarde, cuando me desperté un tanto resacoso de la fiesta de Nochevieja. Había dormido plácidamente y había soñado con mucha intensidad. Algo relacionado con una mochila. Pero no conseguía recordar los detalles.

Solo se que me levanté contento, dispuesto a olvidar viejas rencillas y disputas, dispuesto a pasar página de todo cuanto me produjera dolor, dispuesto a comenzar una andadura diferente.

Me duché y me vestí para dar un paseo con el ánimo de despejarme un poco. Llamé al ascensor. Ví que alguien había dejado un cartel en el espejo, diciendo que había encontrado una mochila la pasada madrugada. Sonreí, seguro que venían cocidos de la fiesta y se la olvidaron.

Pero que despistada es la gente…

El Comité de Rovaniemi

Se acercaba la Navidad y Papá Noel estaba contactando con todas sus sucursales a lo largo y ancho del planeta, para preparar la logística de los envíos de regalos, siempre ayudado por sus fieles Elfos.

Esa fría mañana, había recibido a la comisión de mujeres encabezada por Mamá Noel. Le reclamaban más protagonismo en el trabajo navideño, porque se consideraban un tanto dejadas de lado frente a los Papás Noel de todo el mundo, siempre hombres, barbudos y gordos.

Así que le propusieron que, esta Navidad, iban a ser ellas las que repartirían la felicidad por todas partes. La decisión debía ser tomada por el Comité de Sabios, que se iba a celebrar en Rovaniemi. Y allí que se fueron todos.

Las mujeres obtuvieron el apoyo de buena parte de los Elfos y también el del Sindicato de Renos, pese a las duras condiciones que impusieron para dicho apoyo. Pero sería imprescindible, el apoyo de la Agrupación de Duendes y Hadas, que tenían un peso muy grande en el Comité de Sabios.

La sesión comenzó con el discurso del Reno Presidente, que no era otro que el viejo Rudolph. Cada uno expuso su posición. Papá Noel reconoció, que necesitaba un descanso por una vez en su larguísima vida y tal vez, este fuera el momento idóneo.

Los Duendes decidieron abstenerse en la votación, las hadas en cambio, apoyaron la propuesta con entusiasmo, mientras que el gremio de Papás Noel dio voto libre a sus asociados. Elfos y Renos apoyaron a las mujeres.

Y se votó. Y el resultado fue el siguiente:

Votos emitidos:  12.654

A favor:  9.602

En contra:  0

Abstenciones:  3.052

Un cerrado y emocionante aplauso de tod@s sin excepción, puso fin a la reunión.

Y por eso este año, no será Papá Noel quién nos visite…

… sino Mamá Noel.

FELIZ NAVIDAD


Monsieur Caudrelier

Imagen: Pixabay

El restaurante había alcanzado una merecida fama. Julián, su propietario, había conseguido una excelente fusión entre la calidad de la materia prima y la imaginación de nuevos sabores. Esa mañana estaban todos alborotados. Corría el rumor de que un inspector de la famosa revista “Arquitectura Culinaria” iba a pasarse de incógnito por el restaurante para someterlo a una prueba. Si bien la clasificación del restaurante en el ranking nacional era buena, la obtención de una crítica positiva de esa revista, podía suponer un espaldarazo definitivo.

La misteriosa reserva estaba hecha para las 14:30h a nombre de un tal Didier Caudrelier. Exactamente a la hora señalada, entró por la puerta un hombre de mediana edad, corpulento, vestido de sport pero con elegancia. Destacaba bajo su blazer azul y por encima de una sobria camisa salmón, un precioso chaleco de flores burdeos, a juego con sus mocasines igualmente burdeos. Llevaba una cuidada perilla muy amplia y larga, donde ya asomaban las primeras canas. Con elegancia aceptó la mesa ofrecida junto al ventanal. 

Escueto en palabras y sin ningún acento, el señor Caudrelier pidió el menú, eligiendo de entrante el “buñuelo de ventresca al aroma de albahaca”. Como primer plato se decidió por el “pastel de pato con verduritas de temporada” y cerró el menú con una “lubina al horno con colitas de camarón”. Para beber, pidió una botella pequeña de agua mineral y como vino, eligió un Verdejo fresco y un Sauvignon Blanc a elección de la casa, lo que causó cierto desconcierto. Durante la comida se le prestó al comensal toda la atención pertinente pero sin que se pudiera sentir agobiado. De postre eligió la “mousse de pera con espuma de yogur” tras lo cual pidió un café solo. Terminado el servicio, solicitó la cuenta y pagó en efectivo dejando una aceptable propina. La experiencia había sido un éxito.

A unos cincuenta metros del restaurante, Manuel “el señor Caudrelier”, esperaba pacientemente y de manera discreta, a una pareja que había estado comiendo a la vez que él. Aunque entraron a la par en el restaurante, se estaban demorando en exceso.

Se trataba de Emilio y Mayte los verdaderos críticos de la revista “Arquitectura Culinaria”.

Una vez se encontraron, comentaron la experiencia:

-Excelente calidad dijo Emilio, pero todo el restaurante estaba a tu servicio Manuel. Y se olvidaron del resto de comensales. Tardaron mucho entre plato y plato y tuvieron fallos en la temperatura de mi carne.

-Mi pescado era excelente, añadió Mayte, pero la salsa estaba algo  inconsistente y las verduras no estaban cocidas en su punto ¿puedes creerlo?

-Cuando tú estabas pagando, añadió Emilio, a nosotros no nos habían servido aún el postre. En fin, está visto que no todos los comensales somos iguales.

–Sí, dijo Manuel sonriendo, no hay nada como advertirles de la presencia  de un crítico y reservar con un nombre sofisticado, Didier Caudrelier nada menos. Desde luego impone más que el mío. Por cierto, yo he comido de maravilla.

Rieron los tres.

-Sí, pero la calificación para la revista, se la daremos nosotros, añadieron al unísono Emilio y Mayte.

Lucimiento

Imagen: AMC

Era la primera vez que Natalia venía a casa a comer y decidí esmerarme. Nada de platos previsibles, nada de paellas, solomillos ni lubina.

Tenía que lucirme. Y sobre todo tenía que impresionarla.

Así que me decidí por una apuesta arriesgada: serpiente frita con salsa de arándanos.

Fue ver la bandeja y Natalia salió corriendo de casa.

Ni siquiera probó la deliciosa salsa de arándanos…

Así que llevo tres días comiendo serpiente.

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