500 y Distancia

 

Ya sois más de 500 seguidores, nunca lo hubiera imaginado. Gracias de corazón a tod@s por ofrecerme vuestra compañía y por permitirme aprender continuamente de vuestros textos y de vuestras emociones. Para este momento, he decidido republicar uno de mis primeros microrrelatos, escrito en mayo de 2.016 y que lleva por título,

Distancia

Desde el otro lado del planeta me llamaste a gritos. Escuché tu voz, tus dudas, tus temores y por supuesto, también escuché los míos. No hay ninguna ley física que diga que solo hay tres dimensiones.

En realidad, me da lo mismo, no me preocupa. Tanto tú como yo sabemos que nuestra distancia emocional es de dimensiones casi planetarias, pese a los escasos cincuenta metros cuadrados que compartimos.

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Azabache

Anoche sin ir más lejos, Carlos tuvo una cena de esas que sirven para socializar más allá del entorno habitual de amistades. Su amigo Miguel estrenaba casa después de una obra numantina e invitó a un grupo de amigos a una cena informal de picoteo que prometía ser agradable y entretenida. Y de verdad que lo fue.

En todos esos eventos siempre aparece la persona que sabe de todo y que padece de incontinencia verbal. Uno no sabe a ciencia cierta como comienzan algunas conversaciones, lo cierto es que en un momento determinado se comenzó a hablar de adopciones a raíz (nos enteramos después) de una película que pusieron en La 2 de televisión española. Una amiga de Miguel comenzó a criticar las adopciones en base a experiencias que “le habían contado”. 

Criticó las adopciones y a los padres adoptivos bajo un prisma de egoísmo de dichos padres, considerando las adopciones como una moda social, especialmente la de niñas de origen chino. Según le habían contado, muchos niños adoptados eran realmente comprados. Y arremetió contra los padres adoptivos que ya eran padres biológicos acusándolos de  egoistas y de adoptar como si fuera un capricho.

Todo ello generó una controversia y discusión (por fortuna educada) entre los invitados, muchos de los cuales, en desacuerdo total, le dijeron que sus fuentes de información, no eran muy fiables. Miguel conocedor de la situación de Carlos, le echaba miradas de soslayo a las que éste no contestaba salvo con su propia mirada seria.

Solo al final de la discusión Carlos le propuso a la mujer en cuestión,  enseñarle una foto de sus hijos, tomada este verano pasado. Se le quedó mirando, dispuesta a decir que guapos son, cuando le mudó la cara.

-¿Estos son tus hijos? preguntó a Carlos

-Sí, los tres, respondió éste

En la foto se veía sonrientes a su hijo mayor, alto y espigado, a su hija intermedia, rubia y deportista y a su hija pequeña, una maravilla de pelo rizado, ojos negros y piel como el azabache.

La mujer roja como un tomate, intentó articular palabra, tal vez una explicación o disculpa, pero Carlos no le dió la oportunidad. Simplemente le dijo suavemente que era muy fácil hablar con la seguridad que da la ignorancia.

Y se marchó en búsqueda de una cerveza bien fría.

Atletismo

Edu era un caco de poca monta que asaltaba  a personas mayores o supuestamente débiles, al considerarlas presas fáciles. Tenía varias pequeñas condenas por robo que apenas le habían hecho pasar unos pocos meses en la cárcel.

Agachado tras un seto, observaba las personas que entraban en el cajero automático para sacar dinero en ese domingo lluvioso. Una pareja, un joven, una mujer acompañada de su hija, otro hombre fornido…era cuestión de paciencia que apareciera la persona adecuada.

Y finalmente apareció, un hombre de unos cincuenta años, que cojeaba de la pierna derecha y parecía andar con cierta dificultad. ¡A por él! 

Cuando el hombre salió del cajero, Edu le puso su afilada navaja en el cuello. El hombre opuso algo de resistencia pero cayó al suelo. En ese momento quedó al descubierto que tenía una pierna ortopédica, lo que motivó la burla de Edu, que le arrebató el dinero y le provocó riéndose…

-Venga hombre ¿echamos una carrerita? Jajaja

Y Edu se fue sin ni siquiera echar a correr, seguro de su “hazaña”

El hombre desde el suelo reaccionó con rapidez y firmeza. En apenas unos segundos se quitó su pierna ortopédica, se puso de rodillas, tomó la pierna con el brazo derecho y recordó sus años de atleta en los que llegó a participar en campeonatos de lanzamiento de disco.

Y lanzó la pierna ortopédica con la precisión exacta para que le diera a Edu en la nuca y le hiciera trastabillar, mientras gritaba para llamar la atención de otros viandantes, lo que provocó que dos de ellos redujeran a Edu hasta que llegó un coche policial.

La pieza

No voy a decir que mi hermana mayor me maltrataba por las connotaciones que esa expresión tiene. Pero sí voy a decir que me trataba regular tirando a mal, que es parecido, pero no es lo mismo.

Por eso harto de sus engaños, collejas, desplantes, burlas, etc… decidí vengarme de ella, pero no encontraba la forma de hacerlo. Con apenas doce años no tenía muchos recursos para ello, pero al menos me sobraba imaginación. Y me apliqué en dar forma a mis ánimos vengativos.

Mi hermana era lo que ahora se llamaría una “friki” de los puzles. Eran su pasión, puzles complejos de muchísimas piezas. En una ocasión le regalaron uno de 1.000 piezas que se afanó pacientemente en hacer, a ratos, poco a poco pero con enorme constancia. Y ahí encontré la idea.

Robarle una pieza del puzle para que nunca pudiera terminarlo por completo.

Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío y vaya si es verdad. Pasadas unas semanas, escuché unos gritos desgarradores de mi hermana, que estaba como loca buscando esa última pieza para cerrar su obra.

Busqué en el fondo de mi caja de juguetes y allí estaba mi tesoro en forma de pieza. Sonreí primero, y reí después. Tal vez no debiera estar orgulloso, pero ese día mi venganza me supo a gloria y mi hermana jamás pudo terminar ese puzle de 1.000 piezas 😈

Trece

El reloj de la plaza tenía cerca de cien años y funcionaba a la perfección. Ubicado en una torre levantada tres siglos antes, era cuidado, engrasado y casi mimado por Andrés con el mismo cariño que empleó su padre y antes su abuelo para el mismo menester.

Andrés trabajaba solo y su fallecimiento llenó de luto al pueblo porque era un hombre muy apreciado. Pero la secuencia familiar de mantenimiento del reloj iba a romperse, porque el hijo de Andrés se dedicaba a la hostelería en una ciudad del norte y su hija era bióloga.

Durante unas semanas, el reloj funcionó bien, pero a partir del mes, comenzó a dar una campanada de más al llegar a las doce, ya fueran del mediodía o de la medianoche.

Para solucionar el problema, vinieron técnicos desde la capital, incluso de la casa original que estaba en Alemania, pero nadie fue capaz de entender el problema técnico por el que el reloj daba una campanada de más a las doce. Y los vecinos comenzaron a pensar en los malos augurios del número trece reflejado en esas trece campanadas.

Un concejal propuso en el pleno del ayuntamiento, que se sustituyera la esfera del reloj por otra en la que aparecieran las trece horas, lo que podría ser hasta un reclamo turístico, pero el pleno desechó la idea por mayoría.

Fue en esa misma noche tranquila y apacible, cuando la torre donde se ubicaba el reloj, se vino abajo. No hubo movimiento sísmico, ni tempestades, ni nada que justificara lo sucedido en un conjunto edificado en el siglo XVIII del que única y exclusivamente se derrumbó la torre que sustentaba el reloj.

Y lo hizo exactamente después de las trece campanadas.


Imagen: https://www.zazzle.es/

Las gafas de sol

El fin del verano es un momento ideal para ir a la playa si el tiempo lo permite. Ya no quedan apenas veraneantes ni turistas, el sol no aprieta y la temperatura ha bajado notablemente, pero la belleza del mar mantiene todo su esplendor. Así que decidí bajar a la playa a leer mi libro.

En el portal coincidí con mi vecino Aurelio, un hombre sesentón, amable y educado como pocos, que iba a darse su baño diario. Al llegar a la playa, me quedé en una zona al resguardo del viento mientras que Aurelio bajó hasta la orilla dispuesto a su chapuzón. A los pocos minutos levanté la vista de mi libro y vi la figura de mi vecino saludándome, lo cierto es que es un hombre muy agradable de trato. Le devolví el saludo con la mano y reanudé mi lectura.

Instintivamente volví a mirar al mar y de nuevo ví a Aurelio que me saludaba. Entrecerré los ojos para afinar mi vista ya que tengo algo de miopía y me había bajado mis gafas de sol que no están graduadas. Así que saludé al bueno de mi vecino, devolviéndole su saludo marino. Y me concentré definitivamente en la lectura.

Fué esa misma tarde cuando me enteré de que Aurelio casi se ahoga en el mar. Por fortuna le sacaron unos chicos que estaban corriendo por la playa y ahora mismo, se encontraba ingresado en la UCI aunque al parecer fuera de peligro.

Entonces recordé sus continuos saludos con la mano, interpretando lo que realmente le había sucedido. Muy nervioso me propuse dos cosas de inmediato: la primera visitar a Aurelio en el hospital en cuanto fuera posible y la segunda pero no menos importante, visitar la óptica y hacerme unas gafas de sol graduadas.

El lado oscuro

Apagué el móvil, la televisión, el ordenador, la lámpara. Quedé a oscuras con mi pensamiento cuando percibí una luz exterior.

Me asomé y la vi. Luna llena, tan grande que formaba sombras como un foco frío y blanquecino, como desmayado.

Luna hipnótica y sedante.

Recordé en ese momento que esa luna tenía un lado oscuro.

Y creo que esa luna común, que miramos todos, que no es exclusiva de nadie, que nos pertenece aquí y allá, es como nosotros.

Porque todos somos luna, porque todos sin excepción tenemos también nuestro lado oscuro.