El coleccionista de miradas

Como cada domingo, Germán salió de su casa camino al parque.

Y nada más pisar la calle comenzó a escudriñar con interés todo cuanto le rodeaba, su fijación era estar atento a cualquier movimiento.

Miraba a las personas con una mezcla de interés y disimulo para no causar molestias.

Y con algunas de esas personas cruzaba miradas momentáneas, furtivas, apenas unos segundos o menos.

Y después Germán sonreía satisfecho y a veces incluso se detenía a apuntar algún detalle en su pequeña libreta.

Porque Germán era ante todo, un coleccionista de miradas.


original publicado septiembre 2016

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Aeropuerto

Imagen: Montalleri

Como tantas veces, he ido al aeropuerto a recibirte después de tu estancia de trabajo. Por la misma puerta, entraban los pasajeros de tres vuelos casi a la misma vez. Tú Pablo, siempre eres muy tranquilo, sin prisas, te gusta salir de los últimos, lo sé.

Comienza a salir la gente, un chorro de personas de distintas nacionalidades e idiomas. Se suceden los saludos, los abrazos emocionados, los choques de manos, la algarabía y la discreción a partes iguales.

Te imagino como siempre con tu habitual desaliño, barba de tres días, unos vaqueros, una camiseta, tu gorra, tu mochila al hombro y arrastrando tu trolley.

Te imagino y te espero.

Y te sigo esperando, cuando siento una mano sobre el hombro. La mano de tu hermana Marta. Me giro. Y Marta me mira y me sonríe y me abraza muy fuerte y yo intento mirar hacia la puerta porque, si no nos vemos, tendrás que irte en el autobús y yo quiero que sepas que te he ido a buscar, como he hecho tantas veces.

Marta me agarra por el hombro con cariño pero con fuerza.

Y entonces lo recuerdo todo y estallo en lágrimas.

Como te echo de menos hijo mío.   

Presente

Imagen: Pixabay

Tenía un apetito insaciable, devoraba su vida a grandes bocados.

No hacía ninguna dieta emocional.

Un día se preguntó que preferiría, ¿cambiar el pasado o conocer el futuro?

Y decidió engordar transformando emociones en sentimientos y se convirtió en un maestro de la intuición.

Nunca tuvo pasado ni futuro.

Su vida fue siempre un continuo presente.   

Su elección

Imagen: Pixabay

Fue su elección. Eligió inicialmente un camino, aunque luego se lo fueron perfilando peligrosamente. Solo una durísima y sólida formación, le permitió soportar la situación, en todos los ámbitos tanto físicos como psicológicos.

Era capaz de negociar con dureza, sin escatimar el ataque si era preciso, bajando incluso a las alcantarillas de la política, de las finanzas y por supuesto de la guerra. Dio órdenes inconfesables, negó la evidencia una y otra vez, mostrándose como un hombre de varias caras. Afable pero frío y peligroso.

Le gustaba su trabajo pero comprendía que llegaría el día en el que todo acabaría, tal vez muerto, tal vez desaparecido, tal vez con una nueva identidad, en otro lugar, en otro destino.

Pasaron los años y una mañana estaba de paso en su ciudad de origen y encontró fácilmente a Ana, en realidad la tenía monitorizada, era algo sencillo para él. Y allí la vio haciendo deporte por el parque, yendo al hospital donde trabajaba o recogiendo a su hija del colegio.

Ana, su pasión de juventud con la que se prometió amor eterno. La única duda en su elección. La peor mentira contada jamás. El dolor que no podía disimular ni su dureza, ni su coraza.

Fue un día tal como hoy, cuando tuvo que romper con su vida, con un único objetivo, prepararse para formar parte del servicio secreto de un país que ni siquiera era el suyo. Pagaban muy bien, pero se convertiría en un mercenario, en un maldito mercenario.

Fue su elección, a costa de su amor, a costa de su vida.

Desde la barra

Imagen: Pixabay

Dedicado a Antonio Llamas 


Solía acudir al bar solo los viernes y sábados por la noche. Silencioso y discreto, iba a un rincón de la barra y pedía su copa. Siempre lo mismo.

La primera vez le dio instrucciones a Laura la camarera, sobre como quería su gin tonic, lo que no gustó mucho a la chica.

Dos hielos, un poco de limón exprimido, dos dedos de ginebra y media botella de tónica. Hacía hincapié en que fuera media botella. El sobrante se la bebía a morro de inmediato. Maniático hasta el extremo, agradeció el platito de aceitunas que Laura le puso para acompañar la bebida, pero el hombre insistió en que fueran exactamente ocho aceitunas, ni una más ni una menos.

Con el tiempo Laura se acostumbró a su presencia y en cuanto le veía llegar, le preparaba su gin tonic tal y como él quería. No obstante, le costó pillar el punto a la cantidad de limón exprimido, pero lo consiguió. Tampoco cuestionó lo de las ocho aceitunas.

El hombre siempre agradecía la diligencia de Laura. Terminada su bebida y tras un tiempo de espera en el que merodeaba con la vista por el local, pagaba la bebida dejando siempre una buena propina.

Un día avanzado el tiempo y por primera vez se dirigió a la chica:
– Laura por favor…
– Sí dígame…
– Mi nombre es Leo de Leovigildo como el rey visigodo. Otra cosa, te sienta muy bien el color rojo. Y por cierto, me gustaría que me tutearas aunque podría ser tu padre.
Laura, que ese día vestía una ceñida camiseta roja, se quedó algo sorprendida. La verdad es que ese extraño personaje le caía bien. Era extremadamente educado, no la molestaba en absoluto, salvo sus manías ya controladas y además era generoso con la propina.

Un sábado por la noche, el local estaba semivacío en ese lapso de tiempo, poco antes de la medianoche. Entraron dos hombres rozando la treintena y se dirigieron a Laura de modo despectivo:
– ¡eh tía, queremos tomar algo!
– ¿Qué os pongo? – Respondió Laura
– Yo no sé, pero a ti te pondría a cuatro patas – jajaja, rieron los dos hombres
Laura estaba acostumbrada a ese tipo de ganado así que no se asustó. Les puso las copas y fue entonces cuando uno de ellos le dijo:
– me gusta tu piercing en la lengua y ¿sabes por qué? Porque todas las tías que lleváis piercing en la lengua sois un poco guarrillas.

Laura se molestó y miró al encargado, pero esté no le dijo nada. A los pocos minutos uno de los hombres le pidió otra copa, Laura no le escuchó o no quiso hacerlo y el hombre le dijo,
– ¡eh tú, zorra, ponme otra copa!
Laura le miró con desprecio y el hombre golpeó con fuerza la barra
– ¡Maldita zorra! ¡Ponme otra copa!

Leo degustaba tranquilamente sus aceitunas. Le quedaban solo dos. Después sorbió el líquido salado que las acompañaba y acto seguido bebió un trago de su gin tonic.

Y entonces, con una rapidez inesperada y una habilidad sobresaliente, lanzó el plato de las aceitunas contra el hombre que había insultado a Laura, dándole exactamente en la nuez del cuello. El hombre se quedó momentáneamente sin respiración, mientras miraba anonadado a Leo que, impertérrito, tomaba otro largo trago de su copa.

El compañero no sabía que hacer, mientras gritaba:
– ¡Le vas a matar! – e insultaba a Leo, pero sin acercarse a él.

Fue Leo el que se levantó, se dirigió hacia ellos y les dijo:
– Este imbécil se recuperará en siete minutos, pero le dolerá aún varias horas. A ver si aprendéis a pedir las cosas por favor y a dar las gracias a la señorita antes de iros, porque os vais a marchar ahora mismo.

El agredido estaba casi morado pero recuperaba la respiración poco a poco. Leo le cogió de la solapa, le sacó la cartera y dejo un billete de 50 euros sobre la barra.
– Cóbrate Laura, lo que sobre es propina que te dejan los señores.
El amigo no abrió la boca y ayudó a su compadre a salir del bar.

Restablecida la calma, Leo volvió a su esquina, pidió un segundo gin tonic preparado a su manera y con ocho aceitunas, ni una más ni una menos y no volvió a abrir la boca salvo para decirle a Laura que se cobrara.
– Gracias Leo, pero hoy estás invitado.
– Excelente despedida.
– ¿No vas a volver?
– No. Mi misión está a punto de terminar. Cuídate mucho de los malnacidos que a veces encontrarás por aquí.
– Lo haré.

Leo se levantó lentamente, miró a Laura con una leve sonrisa y salió por la puerta.
Nunca más volvió por el bar.

Sordera

Imagen: themetalcircus.com

Mi madre me decía que iba a terminar sordo de escuchar música con los cascos y con el volumen al máximo. Yo le contestaba que era necesario, porque si no escuchaba la música así, era como que no me “llegaba”. Cosas de jóvenes.

Lo que mi madre no me advirtió es que con semejante ruido en mis oídos no me iba a enterar de lo que pasaba a mis espaldas.

Solo las luces de los coches policiales que destellaban a través de las ventanas, me hicieron pensar que algo extraño estaba sucediendo.

No puedo quitarme de la cabeza las escenas que vi en la cocina de casa después del violento atraco en el que mi madre quedo malherida.

Ni tampoco puedo olvidar el temazo de Iron Maiden que estaba escuchando.

Bahhh, creo que mi madre exagera, porque ¡¡¡no me he quedado sordo!!!   

Despegando

imagen: Pixabay

Anselmo era viudo y estaba jubilado. Gran aficionado a la fotografía, muchos días se iba en metro al aeropuerto a ver despegar y aterrizar aviones, lo que se había convertido en un pasatiempo al que acudía con su amigo Ramón. En realidad, iban a una pequeña arboleda pasada la valla al final de la pista donde las vistas de los aviones despegando eran espectaculares. De hecho, a menudo había grupos de aficionados que fotografiaban el momento mágico del despegue.

Era curioso que le gustara ver los aviones, ya que a Anselmo le daba miedo volar. Más que miedo pánico. Solo montó en avión un par de veces y juró no volver a hacerlo, por mucho que se le explicara que era el método de transporte más seguro. De hecho, en vida de Rosa, su mujer, solo fue a Palma una vez y a Lanzarote en otra ocasión. Dos vuelos de ida y vuelta que colmaron sus miedos y temores. Fue consciente de lo mucho que perdía por ese miedo, aun así, fue a París en tren y a Roma en un tedioso viaje en autocar que le provocó una lumbalgia muy dolorosa. Era el precio a pagar como le dijo cariñosamente una vez su querida Rosa, “nada sale gratis en la vida, no quieres volar, pues toma lumbalgia”. Pero así son las contradicciones de la vida.

Una tarde veraniega, Anselmo fue solo a la atalaya despacito en su modesto utilitario porque Ramón estaba en la playa con sus hijos. Hacía calor y era la única persona que estaba en ese momento. Cobijado bajo la sombra de un árbol, vio despegar varios aparatos. De pronto observó uno enorme, probablemente un Airbus de los más grandes, le encantaba la majestuosidad del avión, aunque sintiera un auténtico escalofrío al ver como la panza se iba levantando.

Cogió su cámara de fotos y enfocó de frente al avión. Su idea era tomar fotos en cuanto se alzara del suelo. A través del visor de la cámara, estaba pendiente del momento y llegó a pensar en que el avión estaba apurando mucho el despegue… muchísimo…tanto que apenas le dio tiempo a salir huyendo.

La noticia fue concluyente, hubo 37 heridos en el accidente de un Airbus que, por causas aún sin determinar, tuvo que abortar la maniobra de despegue y por ello, se salió de la pista casi cien metros, arrasando a su paso con los árboles, pero por fortuna sin causar ninguna pérdida humana, salvo los heridos y el consiguiente shock que supuso el accidente.

La habilidad del piloto y la celeridad de los equipos de rescate y de la propia tripulación, contribuyeron a que el mal no fuese mayor desalojando de inmediato la aeronave. Apenas una hora después del accidente el canal 3 comunicó que había un herido grave y tardaron aún unas horas en comprender que no se trataba de ningún pasajero.

Un año después, Anselmo mira con orgullo el premio obtenido en el concurso regional de fotografía de acción. Con seguridad y tras casi seis meses hospitalizado, cambiaría el diploma y los veinte mil euros del premio por no haber perdido su pierna izquierda la tarde del accidente, pero al menos lo podía contar y a fin de cuentas, como le dijo una vez su querida Rosa, “nada sale gratis en esta vida”.