Perdidos

“No podremos salir del castillo hasta el próximo Halloween”, susurró Laura al borde del llanto.

“No seas quejica”, replicó Iván, “estoy seguro de que papá y mamá nos encontrarán”.

Pero sus palabras fueron solo un intento baldío para animarse. La trampilla del foso de aquél viejo castillo había cedido, en esa maldita noche de máscaras y calabazas.

Se miraron fijamente a los ojos.

“Lo peor de todo es que a este paso, no podremos escribir la carta a Los Reyes Magos” dijo Laura.

“Sí…” dijo ensimismado Iván, “eso es lo peor”.

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Lápida

Que Jimmy Stapleton era especial ya lo sabíamos todos. Pasaba por ser un tipo raro, a veces huraño, pero tenía buen corazón….

Hasta que le falló.

Irónico y sarcástico a veces era un tanto cruel en sus apreciaciones. Su sentido del humor era peculiar, incluso de mal gusto pensaban algunos. Pero Jimmy en las distancias cortas era muy buena persona.

Por eso el día de su entierro, el camposanto estaba repleto de amigos, conocidos e incluso no tan conocidos que sentían de veras su fallecimiento. Terminado el acto, los trabajadores del cementerio procedieron a tapar el nicho con la lápida en la que a muchos sorprendió el epitafio.

Decía así: WT891gmR456PxRy102u

Nos quedamos mirando las letras doradas sobre la lápida, pero nadie se atrevió a decir nada, hasta que Margaret su pareja, nos dijo sollozando:

– Supongo que os preguntaréis que son esas letras y números. Ya sabéis que Jimmy era generoso, por eso la combinación sobre la lápida, no es otra cosa que la contraseña de su Wifi, para el que quiera usarla. Dejó pagado el servicio todo el año.

Genio y figura hasta la sepultura….

El secreto de la tartera

¿Qué será lo que le ponía su madre? La tartera estaba a reventar y desprendía un olor delicioso, pero lo más intrigante era que después de comer, Miguel era otra persona, dicharachero y amable.

Pensábamos que era cosa de algún condimento secreto.

Un día decidí preguntarle cual era ese ingrediente que le hacía cambiar. Y Miguel confesó que su madre, que cocinaba muy bien, no le ponía nada especial o fuera de lo común.

Sin embargo, me contó que él solía machacar una pastillita azul que tenía su padre y que eso le hacía sentirse muy inspirado.

Y acto seguido, se fue con Martita cogidos de la mano al gimnasio y eso que esa tarde, no había clase…

Esquinazo

Esquinazo

Autora: RiverSue,  http://riversueside.blogspot.com.es


Fue hoy, distraídamente, cuando volví a pasar y recordé que allí había estado. Aquella inquietud, los latidos temerosos de lo que iba a suceder o de lo que no sucedería nunca. La interrogación nuevamente a flor de piel y una emoción embargada de la nostalgia, de lo perdido, de los sueños que se remiendan y tiñen para que sean nuevos o, simplemente, para que sigan siendo.

Nunca te conté que lloré tras aquel primer encuentro, que eché de menos ternura y comprensión, un abrazo sostenido en el alcanzar un instante de comprensión. No, yo nunca sería más que otro instrumento en tu búsqueda, una caja de resonancia dónde tocar tu viejo repertorio.

Tantas veces me entregué a un celo sin horizontes, un ciego empeño donde distraer la certeza de la muerte sorda y descarnada, alejarme de la vejez que persigue mis sienes, del aliento que falta en mitad de mi corazón dolorido.

Otras, la rabia sopló mis velas y puse mi orgullo como distancia, supe que lo que quería que hubiese, sólo estaba en mí y nunca existió más allá.


Imagen: https://alteraction.wordpress.com/

La carta

Amy me llamó alborotada,
– Dylan creo que alguien nos está robando en nuestra propia casa.

Desde hacía un par de semanas, Amy descubrió que algunos alimentos habían desaparecido de la nevera y de la despensa. Lógicamente las primeras sospechas recayeron en nuestro personal, Lili nuestra ama de llaves, Edgar el chófer  y  James el jardinero.

Lili es un pedazo de pan, trabajadora incansable, lleva quince años con nosotros y Amy confía ciegamente en ella. Edgar es más joven y trabaja con nosotros desde hace seis años, es discreto y educado, hombre de los recados y chófer, la única persona en el mundo al que cedería el volante de mi Bentley de 1.968 una reliquia heredada de mi padre y valorada en más de 130.000 libras. Por último, James el jardinero, más de diez años aguantando a este escocés rudo y de pocas palabras, a veces insoportable y cansino, pero que tiene el jardín hecho una maravilla que causa admiración entre nuestras visitas.

Me costaba pensar que uno de ellos estuviera llevándose viandas de nuestra casa. Los tres tenían buenos sueldos acordes a sus responsabilidades. Y aunque peculiares en sus respectivas formas de ser, tenían nuestra absoluta confianza, al menos hasta ahora.

Pero lo que desató mi alarma de manera definitiva, fue cuando comprobé que había desaparecido una botella de Château Mouton Rothschild de 1981 una maravilla de vino, un caldo inigualable de una cosecha inaudita y a un precio de museo. Eso colmó mi paciencia.

Reunimos a nuestro personal y todos negaron la mayor, cada uno a su estilo. Lili rompió a llorar, Edgar se deshizo en elogios hacia nosotros y James simplemente bufó como un toro, lo que, viniendo de él, ya era bastante expresivo.

Harto del sofoco por los robos, me encerré en mi cuarto de trabajo, y me dispuse a revisar el escaso correo que me llegaba. Perdida la costumbre de escribir cartas, en estos tiempos del email, solo recibía facturas y publicidad. Por eso me sorprendió sobremanera recibir una carta con mi nombre escrito de puño y letra, sin sello, como si alguien la hubiera puesto exactamente ahí, en el montón de la correspondencia. Así que intrigado la abrí y la leí:

“Apreciado Dylan, soy Milton y tengo que contarte algo increíble. Hace unas dos semanas probé en mi laboratorio un desclonizador de particulas inversas, bueno, no voy a explicarte en que consiste. El caso es que, en medio del experimento, tuve una extraña sensación, como un hormigueo doloroso en todo el cuerpo. Y acto seguido comprobé con tanto pesar como emoción, que me he convertido en invisible. Si Dylan, te lo juro, así es. Soy invisible. Y estoy perdido. Por eso sin saber que hacer me he instalado en tu casa y he esperado el momento para decírtelo en tanto busco una solución a lo acontecido. Lamento las molestias causadas a ti y a Amy. Estoy en el cobertizo del final del jardín. Pásate y hablamos, aunque no podrás verme. Por cierto, dos detalles, dile a Lili que ponga un poco más de sal en el pastel de carne, está muy rico pero un poco soso y de paso que añada un poco  más de salsa de setas al roast-beef y bueno, no podía pasar por alto el excelente Château Mouton Rothschild de 1981 de tu bodega, una maravilla. Para la cena de hoy te he cogido un caldo algo menos sofisticado, un Château Cheval Blanc de 1.990, que estoy deseando probar. Un abrazo amigo del alma. Con mis respetos Milton Campbell”

Tuve que pellizcarme para creer lo que estaba leyendo.


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