Live Music

El ambiente estaba cargado, los camareros zigzagueaban entre las pequeñas mesas redondas. Esperé pacientemente sentado, sin más compañía que mi bebida. El viejo y agradable local de Greenwich Village, tenía un toque decadente, añoranza de un pasado mejor.

Salió el grupo, un cuarteto excepcional que interpretó dos temas, tras los cuales, él entró en escena entre los aplausos del público. Con su voz contundente saludó y acto seguido comenzó con una versión sublime de “Summertime”, que me resecó la boca, pero no el alma. Continuó con “Blue train”, “Footprints” y otros temas que me hicieron vibrar.

De ahí en adelante estuve levitando musicalmente al ritmo de su trompeta y de mis copas. Y por fin, nos obsequió con una desgarradora versión de “So What”, mi tema favorito.

Al terminar la actuación le eché todo el valor posible y me acerqué a la barra donde se encontraba con su gente, y superando la dura mirada de varios de sus acompañantes, me presenté y me dio la mano con energía obsequiándome con una apacible sonrisa.

Hablé con él apenas un minuto, tiempo suficiente para recordar siempre el momento. Salí del local. Hacía mucho frío, la ventisca dificultaba andar por las calles de Nueva York.

Tenía apenas veinte años y había gastado todos mis ahorros en este viaje, pero ya en mi habitación, me dí cuenta de que nunca volvería a tener una noche así.

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Visita ¿inoportuna?

“La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces”


Abrí la puerta con cuidado de no hacer ruido. Pasaba unos días en el apartamento de mi hija, porque estaba de obras en mi casa.

La luz de la cocina estaba encendida.

-¿Te parecen horas de llegar? ¿dónde has estado? ¿por qué no has contestado mis mensajes?
-A ver Laura, me he quedado sin batería, no es mi culpa y en cuanto a la hora, Laura por Dios soy mayorcito y …
-Te recuerdo que estás en mi casa…
-Y yo te recuerdo que soy tu padre, faltaría más coño, tengo casi sesenta años y que vas a hacer ¿controlar lo que hago?
-Me preocupaba papá, estás delicado y no termino de fiarme de ti
-Ya, es curioso… te preocupas ahora que estoy unos días en tu casa, sin embargo llevas meses sin llamarme… caramba con la preocupación.
-Y ¿dónde has estado?
-He estado con Venan tomando unas copas, a pesar de que el médico no le deja beber, pero bahhh para unos meses que le queda de vida ha decidido pasar de todo y vivir a tope mientras el cuerpo le aguante.
-¿Y tu lo aplaudes?
-Pero hija, ¿Crees que voy a frenar a Venancio en su deseo de vivir cuando tal vez no llegue ni a primavera? Es mi amigo y por eso he ido a verle. Bueno, ¿Vas a seguir con tu interrogatorio?. Ni cuando tenías dieciocho años, yo te preguntaba tantas cosas…
-¿Has visto a Tere, verdad?
-Pues sí, he comido con ella y mañana hemos quedado para dar un paseo cuando salga de trabajar. Por Dios Laura, esto es ridículo.
-¿Ridiculo? Tere es tu amante, o ¿tal vez ya no lo es?
– Así que es eso, claro, sigues con la misma historia. Te recuerdo Laura que fue tu madre la que me dejó, la que pidió el divorcio y me sumió en un estado casi depresivo, y todo para irse con su arquitecto malagueño. Si al cabo de dos años, sí, dos largos años, le salió rana el individuo ya no era mi problema. Quise a tu madre como nunca he querido a nadie. Pero me traicionó, no solo me fue infiel, sino que me fue desleal. No iba a acogerla después de lo que pasó. Y no metas a Tere en esto, porque a Tere la conocí mucho después de que tu madre me dejase tirado.
-¿Nunca pensaste en darle una segunda oportunidad a mamá?
-¿Y acaso eso me convierte en culpable? ¿en culpable de qué? ¿de que tu madre se liara con un chulo a mis espaldas? ¿de que me dejara de lado? ¿de que no le impresionaran mis lágrimas?. Escucha Laura, no la culpo solo a ella, las rupturas son cosa de dos siempre, yo también debí fallar, pero por favor, deja ya de defender a tu madre. Yo no la ataco, por tanto no hace falta que la defiendas de nada ni de nadie.

Laura me miró altiva.
Me levanté y salí de la cocina.
A la mañana siguiente haría mi pequeña maleta. Ir a ver a mi hija había sido un error. Y la única manera de corregir mi error era marcharme de allí.

Errores

Fue un error, un dramático error. Gina no lo olvidará jamás, porque le costó la vida a su hijo Arnold.
Desde ese día, cayó en un estado depresivo en el que solo quería deshacerse de todo cuanto le recordara a su hijo.
Vació el cuarto del niño. Empezó por la ropa, continuó por los juguetes…
Pero no bastaba con eso, porque seguía viéndole en cualquier situación. En el colegio, en el parque, en la piscina…
Por eso, cuando incendió el colegio, se sintió relajada, al menos allí ya no le recordaría jamás.
Y entonces, comenzó a darse cuenta de que Michael su marido, también le recordaba a Arnold… y eso no podía seguir así…

Tres consejos

Imagen: Pixabay

Mi primer trabajo fue en una compañía de alimentación, afincada en Madrid. Recuerdo las reflexiones que me hizo mi primer jefe hace ya muchos años.

Me dijo, “Carlos, la discreción es fundamental en el trabajo, es importante que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha” y añadió “no olvides que, en una conversación, tan importante es lo que se dice como lo que se calla y a menudo esto último es aún más decisivo”. Y por último, una frase singular “más se consigue con una gota de aceite que con mil de vinagre”.

Tal vez en ese momento y a mi edad de entonces, no entendí en su totalidad el sentido de estas frases, pero con el paso del tiempo me he dado cuenta de que son muy ciertas. Y por eso también adopté estas reflexiones para mi vida personal.

Así pues, he intentado hacer de la discreción un valor sólido de mi persona, he intentado aprender a interpretar el lenguaje del silencio, a menudo tan complejo y delicado, y siempre que es posible, intento aligerar las tensiones de los conflictos cotidianos, en la búsqueda de soluciones consensuadas. 

Si he tenido éxito o no, creo que no me corresponde a mí señalarlo. Ignacio que así se llama ese primer jefe, me dio tres buenos consejos, que he aplicado de la mejor manera posible. 

Ahora se ha jubilado y aunque nuestras vidas profesionales se separaron hace años, seguimos manteniendo el contacto. Por fin puede disfrutar del golf y del mar cerca de Cádiz. Un gran tipo.

El viento, el riesgo

Imagen: MontalleriEl viento levantaba las primeras hojas otoñales y movía tu cabello. Empujaba las nubes diseñando constantemente diferentes figuras en el cielo.

El viento se llevaba nuestras palabras pasadas, atrás dejamos gestos, intenciones y esperanzas.

El riesgo era olvidar esas palabras. Yo no quise porque olvidando el pasado podría repetir los errores cometidos. Tampoco quería perseguir el pasado, como quién persigue al viento.  Perseguirlo no.  Olvidarlo tampoco.

El riesgo era olvidar esas palabras. Tú lo hiciste rápidamente. Borrón y cuenta nueva, me decías.  Juzgabas el pasado con el criterio del presente. Eso no siempre remaba a tú favor.

Volver la vista hacia atrás, no es retroceder hacia el pasado, sino poner distancia para mejorar la perspectiva.

Con perspectiva se aprecian mejor los detalles. El resto depende en parte, de la capacidad de olvido.

Solo en parte, porque las emociones y los sentimientos no dependen totalmente de la memoria sino básicamente del corazón.

Auto de fe

Imagen: Pixabay

Como un enjambre después de recibir la pedrada de un niño, así sentí caer sobre mí las miradas de los presentes.

El comité de dirección había prolongado durante casi seis horas la escenificación del auto de fe: lisonjeándose unos a otros, desviando hábilmente responsabilidades, con esporádicos golpes de pecho, más como gesto de dominio que de contrición, y por fin, expresando su gran visión sobre el futuro de la compañía.

Así que, cuando el presidente preguntó si alguien tenía algo que decir antes de proceder a la firma de las condiciones del despido colectivo, no pude evitarlo, levanté levemente mi mano, le miré a los ojos y dije: “sois unos cabrones”.  

Fotografías

 

Imagen: Pixabay

Recordar puede llegar a ser duro.

Revisando fotos y más fotos que tenía guardadas mi padre, me he visto en muchas de ellas, de bebé, de niño, de adolescente. Sin embargo, hay un momento en el que ya no aparezco más que en contadas ocasiones. Debió ser cuando ya había emprendido mi propio vuelo.

Hay fotos en las que los mayores del momento, ocupan los puestos de pie al fondo y los jóvenes estamos en primera fila. Me doy cuenta de que la mayoría de esos mayores ya no están y de que los jóvenes de aquel momento ocupamos ahora la parte de pie al fondo y que nuestros hijos y sobrinos ocupan esa primera fila.

Eso significa que en el árbol de la vida hemos escalado posiciones y que será ley de vida que, en unos años, más o menos, nosotros también desaparezcamos y nuestros puestos sean reemplazados por los que son más jóvenes y así una y otra vez, en una hipotética foto vital.

Hoy cuando ocupo junto a mis herman@s y mis prim@s el lugar preponderante de esa foto,  me pregunto ¿quién de la fila de mayores, será el primero en dejar su hueco en la fotografía?

No lo digo en un plano dramático, en absoluto. Sino más bien de “curiosidad realista”. Porque la experiencia demuestra que no hay un orden de edades sino más bien, un orden de circunstancias.

Llega un punto en el que no quiero seguir viendo más fotos, me resulta una labor dolorosa.

Lo retomaré en otro momento, cogeré fuerzas para seguir ordenándolas, para que en el futuro, los más jóvenes que quieran verlas, puedan averiguar quién era quién en la fotografía de su propia vida.