Suerte

Interiorizas tu vida como el personaje de una película de la que eres actor y director, cuando de repente, tu vida ordenada y apuntalada sufre un movimiento sísmico que descoloca tu propia esencia.

Te ves obligado a reescribir tu guión y te das cuenta de que tenías cartas ocultas bajo un manto de polvo, que nunca quisiste usar, quizás por cobardía, quizás por desconocimiento.

Exploras tu personalidad que creías libre y romántica y ahora la percibes como aniquiladora de tus propias emociones. 

Pese a ello, no te estancas y no eres prisionero de tu situación, al contrario, trabajas e improvisas cuanto sea necesario en esas ideas por imprevisibles que puedan parecer en una dimensión a veces poética, a veces temblorosa, con una fuerza palpitante que supera al mundo que te rodea. 

Y  afrontas el reto de cara, aún sabiendo que solo un cruce de caminos, casuales, físicos y emocionales, te permitirá alcanzar el objetivo e intuyendo incluso, que ese final ya no depende de tí. 

Ojalá tengas suerte en ese viaje.


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Prioridades

La otra tarde, acompañé a mi madre al trastero para subir las cajas con la ropa de verano. Ahí estaban los bañadores, los pantalones bermudas, las camisetas de vivos colores, las gorras, las zapatillas de playa, las camisas de manga corta y un larguísimo etcétera.

Quedaba por abrir un baúl enorme donde guardábamos los utensilios playeros, sillas, sombrilla, una tienda de campaña, colchonetas y pelotas hinchables, y cuando lo abrimos, vimos al fondo del baúl, unos ojos sorprendidos que nos miraban con temor y reconocimos de inmediato a mi hermano Miguelito que llevaba allí casi una semana, desde que había bajado con mi padre a buscar un juego y …allí se quedó.

Mi madre se enfadó muchísimo preguntándose cómo era posible que nadie hubiera echado de menos al niño y prometiendo soltarle una bronca descomunal a mi padre.

Mientras subíamos a casa le recordé a mi madre, que al final no habíamos sacado a Miguelito del baúl y mi madre que es muy “suya” me dijo… “Bueno… lo primero es lo primero, y si el niño ha aguantado una semana, puede aguantar una noche más, pero a tu padre se le va a caer el pelo hoy mismo”


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Ahmed en el hospital

Ahmed es enfermero en un hospital de una ciudad de provincias francesa. Hijo de emigrantes mauritanos, es el primer miembro de su familia que tiene estudios universitarios para satisfacción de su padre. Ahmed es reservado y observador, no tiene muchos amigos. Es un hombre sencillo y trabajador.

En el hospital le tienen por un “bicho raro” ya que no es muy sociable, pero valoran su efectividad profesional. Tímido e incluso retraído, Ahmed emplea las vacaciones, los días de permiso y los días por las guardias que hace, para juntarlos todos y marcharse a la República del Congo para trabajar como voluntario en un hospital situado en una zona de conflictos, donde la población sufre las luchas tribales por el poder.  Allí, desde hace tres años, acude en su período vacacional sintiéndose apreciado y valorado entre el personal y los pacientes.

Una tarde en el Congo, Ahmed estaba de guardia cuando le trajeron un niño de seis años con un serio problema respiratorio. No era la primera vez que tenía que excederse en sus funciones, pero esa tarde no había médico y él estaba preparado de sobra para afrontar con garantías la situación.

Apenas llevaba unos minutos preparando al niño, cuando entraron en el hospital un grupo de mercenarios solicitando asistencia para uno de los señores de la guerra que había tenido un percance en una pierna y al que traían en volandas entre dos forzudos milicianos. Por si le quedaban dudas sobre sus intenciones, le pusieron un machete en la garganta, obligándole a dejarlo todo para atender de inmediato al jefe.

Ahmed reaccionó con serenidad y les dijo que era prioritario preparar al niño para una intervención a vida o muerte y que después atendería al jefe. Pero la reacción de los milicianos fue fulminante, le apretaron tanto el machete, que una gota de sangre se derramó por su cuello y además hicieron lo propio con la enfermera que le estaba ayudando mientras le decían a gritos, que primero tenía que curar al jefe y si no era así, arrasarían con el hospital de campaña matando a todo el mundo.

Sin embargo Ahmed no se amilanó y les repondió serenamente….

“Eso es una mala idea, si nos matas, nadie atenderá a tu jefe y como no hay médicos en un radio de sesenta kilómetros, y viendo la herida de su pierna que sin duda se va a infectar y a gangrenar, tu jefe morirá y será una agonía lenta y dolorosa y tú junto con tus compañeros seréis los responsable de la muerte de vuestro jefe y sobre vosotros y vuestras familias, caerá la cólera de nuestro Dios y lo que es peor, los machetes de vuestros compañeros ante los cuales seréis los asesinos del jefe y señor de la guerra”.

El miliciano miró al jefe y este asintió. Ahmed pudo operar y salvar la vida al niño, nadie resultó herido y después de su intervención, procedió a limpiar la fea herida en la pierna del jefe.

Diez días después de este suceso, Ahmed regresó a su ciudad, para continuar con su anodina vida. Volvería a Congo el próximo año.

Estofado

Mildred acudió al juicio muy nerviosa, la acusación era de homicidio y las primeras sospechas hablaban del efecto de un veneno. No sirvieron de atenuante, las diez dioptrías de Mildred, que esa mañana cocinó sin sus gafas, ni que hubiera equivocado los botes de las especias.

Sin embargo, la investigación policial, concluyó que Greg no había fallecido por el efecto de ningún veneno, sino por un problema vascular.

Pese a ello el fiscal resaltó como detonante, el pésimo estofado que preparó la acusada.

Por ello el juez accedió a la petición del fiscal y la sentencia fue unánime y ejemplarizante: tentativa de homicidio gastronómico.

La condena, cuatro meses de prisión, que Mildred pasaría en las cocinas de la cárcel de mujeres de Orange Duck y una participación obligada como reinserción en el célebre reality “The Most Dangerous Chefs in the World”.

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La gran decisión

25 de mayo de 2.016, cuatro años en el paro habían sumido a Pablo en un estado de angustiosa preocupación por el futuro de sus hijos. Terminada la prestación por desempleo, solo cobraba el subsidio que el estado le proporcionaba.

Inés, su mujer trabajaba por horas en una cadena de supermercados enlazando un contrato tras otro.

Sus tres hijos de 12, 14 y 17 años cada vez reclamaban más atenciones y generaban más gastos, pese a la vida extremadamente austera que llevaban.

Pero Pablo no paraba de dar vueltas a su situación y siempre se había considerado a si mismo, un hombre de recursos.

Así que planeó una estrategia concisa y exacta que tardaría un tiempo en hacerse realidad, pero que daría sus frutos, ideando un plan peculiar y no exento de complejidad. Para ello, consultó muy discretamente a su amigo Ramón que trabajaba en una correduría de seguros y a su prima Raquel que a su vez lo hacía en un bufete de abogados, siempre con discreción para que ellos no pudieran sospechar lo que estaba tramando.

12 de junio de 2017, era la fecha marcada en la cabeza y en el corazón de Pablo. Estaba sereno. Sabía que era lo mejor. De esa manera resolvería los problemas económicos durante un largo tiempo. Con calma, dejó por escrito detalle de todo lo que había planeado, y lo introdujo en un sobre dirigido a Inés, junto con una carta manuscrita de tres folios llena de explicaciones y de amor para ella y para sus tres hijos, pidiéndole que jamás divulgara el contenido de la carta y sugiriéndole que contratara al bufete de Raquel cuando fuera necesario.

La brisa del mar Mediterráneo le daba en la cara. Entonces Pablo inspiró profundamente, sonrió y se lanzó al vacío.

16 de septiembre de 2.018, fué la fecha en la que Inés cobró, como beneficiaria, el capital asegurado por Pablo en el seguro de vida que contrató hacía más de un año. Necesitó la ayuda del bufete en el que trabajaba Raquel, incluso del equipo de socios más cualificados, porque la compañía de seguros intentó demostrar mala voluntad y premeditación en las acciones llevadas a cabo por Pablo, pero la investigación no dio fruto alguno, nunca pudo demostrarse esa intencionalidad, además la ley es concluyente en esos casos, el suicidio no impide el cobro del capital asegurado por parte de los herederos siempre y cuando haya transcurrido al menos un año y un día desde la firma del contrato y no se recoja expresamente una cláusula de mayor duración, cuestión de la que se encargó expresamente Pablo.

La gran decisión de Pablo se llevó a cabo puntualmente y salió tal y como fue planeada. Aunque Inés nunca llegó a entenderla. Pero guardó el secreto tal y como Pablo le pidió.


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Viva Suiza

Manuel es concejal de un pueblo del extrarradio de la capital. Es todo un patriota destacado. Lleva la bandera de España en una pulsera que se pone en su muñeca derecha. Lleva una pegatina de la misma bandera en la parte trasera de su coche, incluso su encenderor Zippo, también tiene la misma temática.

Pero Manuel es por encima de todo un hombre consecuente con sus ideas y con su manera de actuar. Por eso desde hace unas semanas sustituyó la bandera de España por la de Suiza.

Cuando su amigo Aniceto le preguntó por ese detalle, Manuel se sinceró: “mira Aniceto, las cosas son como son, al pan, pan y al vino, vino. Soy muy español, pero la pasta la tengo en Suiza, así que es justo que honre esa hermosa bandera”.

No le pareció mal a Aniceto y de hecho, no paró hasta encontrar una pegatina para su coche con el escudo de Andorra.

Plaga

Como si de una plaga venenosa se tratara, solo así puedo interpretar como cambió mi vida en tres meses.

Primero fue la pérdida de mi trabajo.

Después mi mujer se fue con otro.

Por último mi cuerpo me dio un serio aviso.

Ahora pasado un tiempo, me dedico a corregir textos para una editorial y a escribir mi primera novela, comparto algo más que “inquietudes” con una enfermera que conocí en el hospital y me he recuperado casi por completo aunque deba medicarme de por vida.

Mi vida ha superado la plaga y ahora está… plagada de sueños.