Firmes

imagen: Montalleri

En estos tiempos un tanto convulsos, da gusto contemplar el honor con el que este soldado gaviota se mantiene en posición de firmes ante la presencia de la enseña y al margen de la subida o bajada de las mareas o la fuerza de los vientos.

Y reconozco que me emocioné, si bien debo confesaros que no fue tanto por el momento bandera, sino más bien por las fabes con almejas que estaba a punto de comer…

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El camino nevado

Imagen: Pixabay

Corría el mes de enero.

La abuela no quería que los niños jugasen en el camino del río, pero a ellos les encantaba bajar, porque la nieve lo cubría todo y los árboles parecían figuras blancas fantasmales. De niño, no se aprecian los riesgos de algunas actividades.

Por fortuna el pueblo había recuperado la calma desde la llegada de los milicianos. Y aunque pasaban hambre, no faltaban el pan, ni la manteca, incluso a veces había queso.

En los albores de la primavera, la temperatura comenzó a subir poco a poco y una tarde las abuelas y las madres obligaron -para su disgusto- a  los niños, a no volver a bajar al río. En verdad se pusieron muy serias, mucho. Hasta el punto de amenazarlos.

Pero los niños con su curiosidad innata eran incapaces de resistirse a ese “algo” que provocaba que las mujeres les impidieran el acceso al río. Por eso, Manolito, Rubén, El Pecas y Teresita, bajaron una tarde cuando ya anochecía.

Sin embargo, la visita duró poco. Jamás subieron a mayor velocidad el camino de regreso al pueblo. 

La primavera estaba derritiendo la nieve y cerca del camino del río comenzaron a verse los cuerpos de los desgraciados que fueron fusilados al comienzo de diciembre.

La camisa

El ocho, el quince, el treinta, el …

Juan comenzó a temblar cuando comprobó que los números de la Primitiva, coincidían con los que ponía cada semana en su apuesta.

No puedo creerlo, seis aciertos, puede que sea millonario. ¿Y el resguardo? ¿dónde lo dejé?. No lo tengo en la cartera. A ver, hice las apuestas el lunes por la tarde, vale, creo que metí el resguardo en el bolsillo de la camisa, ¿Cuál? La verde, si era la verde. Dios mio tal vez la haya lavado mi madre. Cogió el teléfono y llamó a su madre.

-Mamá, dime por favor, ¿echaste a lavar mis camisas?

-Pues claro hijo, he puesto la lavadora esta mañana.

-Ohhh no…. ¿Y recuerdas si echaste a lavar mi camisa azul?

-Cual, ¿la azul clarita? No, esa no. No la dejaste en el cesto de la ropa sucia. Pero, ¿Qué sucede hijo?

-Nada mamá, que te quiero y que pronto te voy a dar una sorpresa.

Llamó de inmediato a Miriam su novia y le explicó lo sucedido, estaba radiante.

-Juan ¿estas seguro que tu madre no ha lavado la camisa verde?

-Pues claro Miriam, me lo acaba de decir.

-Juan cariño, no olvides que tu madre es daltónica.

-Nooooooooooooooooooooooooo 

Tormenta

Imagen: Pixabay

Nuria sospechaba que algo raro le sucedía a Miguel su pareja. Hacía tiempo que apenas le prestaba atención, ni personal, ni física. Es verdad que estaba pasando por un momento de enorme estrés en el trabajo. Generalmente él siempre le había contado sus problemas, pero ahora todo eran silencios.

Llegaba tarde a casa, cansado, sin ganas de hablar ni de tener sexo. Salía a montar en bici los fines de semana, hacía mucho deporte con sus amigos y descuidaba su propio hogar. Sus excusas eran bastante extrañas, reuniones intempestivas, cenas de trabajo en sábado. Al principio se molestaba con él porque había descuidado las labores de la casa, porque Miguel era muy participativo en todo. Y ahora la responsabilidad de la casa caía sobre Nuria que tenía que combinarla con su trabajo.

Pero ciertos detalles le hicieron comprender que había algo más.

Una mañana cuando Miguel se marchaba a hacer deporte, Nuria se lo impidió.

-Hablemos por favor, sé que tienes una aventura Miguel

-Pero ¿que dices?, contestó nervioso

– Estoy segura, has cambiado mucho, no me prestas atención, no salimos ya con amigos, te encierras en tu trabajo y en tu deporte, me rehuyes, sales de casa a horas extrañas y regresas aún más tarde. Miguel, se sincero conmigo, por favor, no quiero montar un número, nunca lo haría, me conoces de sobra. Pero necesito saber que te pasa y porqué te pasa. ¿Quién es ella? La conozco? Te lo pondré fácil, creo que es Alicia la de tu trabajo o tal vez Mariana, siempre os habéis llevado bien y nunca ha ocultado que le gustas, es una descarada; dime Miguel, como se llama esa mujer, hablemos de ella, por favor, no quiero seguir así ni un momento más. Te quiero y quiero que tú me sigas queriendo, pero si has tomado una decisión sé valiente y dímela, tal vez podamos arreglarlo…

Miguel se quedo pensativo y abatido

– Lo siento Nuria pero es cierto, hay alguien. No puedo entender como ha sucedido, siempre te he querido y de hecho, te sigo queriendo, pero a veces las cosas pasan. Sus ojos enrojecidos mostraban una sincera aflicción.

-¿Quién es Miguel?, dímelo.

-¿De verdad quieres saberlo, te va a doler?

-Dimelo, contestó con firmeza Nuria.

-De acuerdo, respondió Miguel… de acuerdo, añadió susurrando. Se trata de Pedro, el marido de Mariana, él es la persona de la que me he enamorado.

Nuria se quedó sin habla durante unos minutos, mientras su respiración se alteraba por momentos y le recorría un sudor helado. Sus ojos se llenaron de lágrimas y de dolor.

Solo acertó a decir “hijodelagranputa” mientras cogía el jarrón de porcelana y se lo lanzaba a la cabeza. 

Tu mirada

imagen: Montalleri
Imagen: Montalleri

Dice un proverbio árabe que quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación. Estoy de acuerdo con esta frase,  porque con frecuencia, la mirada refleja el lenguaje del corazón. 

Sin embargo, Antoine de Saint-Exupéry dijo que sólo se ve bien con el corazón ya que lo esencial es invisible para los ojos. Preciosa frase, pero con la que no estoy totalmente de acuerdo, porque en mi opinión, una mirada también puede presentarnos el inmenso escenario esencial de la vida ante nosotros.

la hora de buscar una imagen para este texto, encontré esta “otra mirada”. De acuerdo que es una pequeña licencia por mi parte, pero lo cierto es que la vaca me puso su mejor cara, así que decidí inmortalizar el momento.


Otras miradas en:

Cruce de miradas

El coleccionista de miradas

El objetivo de Hakan

Imagen: Wikipedia

Hakan se dedicaba a la búsqueda de agua y se había ganado una merecida fama en reconocimiento a sus dotes intuitivas. Porque su método se basaba en la intuición y en años de experiencia en el conocimiento de terrenos. Cuando era contratado, era él quien decidía donde empezar a cavar y no admitía discusiones al respecto.

Corrían los años setenta del siglo pasado y encontrar agua en la Turquía de esa época era un regalo del cielo. Cuando Hakan acertaba, lo que sucedía en un gran número de ocasiones, cobraba un plus o incentivo y era el centro de las comidas que se hacían en su honor. Cuando fracasaba, siempre podía echarle la culpa al destino, a la naturaleza o incluso al mal fario de su cuadrilla de peones que le ayudaban en las duras tareas de cavar y sacar escombros y de cimentar conforme abrían el pozo.

El trabajo era muy laborioso y dependía de los metros excavados, a veces diez metros era suficiente para tomar una decisión, pero en ocasiones su empeño y testarudez le hacían insistir un poco más. Los peones que le ayudaban eran chicos fuertes, fibrosos y muy trabajadores. Cobraban un jornal pero también un extra en caso de aparecer el agua.

El mayor problema era topar con una dura formación rocosa, entonces el trabajo se alargaba jornadas interminables. Sucedió que una vez en el terreno del señor Köybaşı, la prima por encontrar agua era muy grande. Pero habían llegado a los diez metros de profundidad y encontraron rocas que habrían de romper pacientemente en un esfuerzo titánico.

Los peones no querían seguir, convencidos de que tras la piedra habría otra y luego otra, pero Hakan se empeñó en que allí había agua y les pidió un último esfuerzo a cambio de un aumento del jornal. Y consiguió convencerlos.

Costó una semana atravesar las piedras; bajaban al pozo por turnos y subían exhaustos a través del sistema de poleas que habían instalado previamente para la subida de escombros.

Y sucedió. La tierra que encontraron una vez traspasadas las piedras, era oscura y reflejaba una cierta humedad. Eso les animó. Tres días después, por fin encontraron el preciado líquido que comenzó a fluir lentamente pero de manera constante. Ahí terminaba su trabajo. El resto ya era cosa del propietario y su cuadrilla de trabajadores.

Hakan y su equipo solo buscaban agua y la encontraron. La fiesta en su honor fue enorme, se asaron varios cabritos y se adornaron las viandas con deliciosas hierbas aromáticas, mientras las copas se regaban una y otra vez de un vino espeso y rojizo que iluminó algunas mentes.

Objetivo cumplido.   

Malena

Imagen: Montalleri

Ni yo tenía que estar allí, ni tú tampoco tenías que estar allí.

Pero en verdad, estuvimos en el momento exacto para cruzar nuestras vidas. Dan igual las causas de esa coincidencia, las cosas sucedieron así y no hay que buscar más explicaciones.

No recuerdo como entablamos conversación, pero no olvido como me impresionaron tus ojos y tu acento y esa coletilla de “viste” que le ponías a todo. Al principio creíste que me reía de ti, nada más lejos de la realidad. Te lo aclaré.

También tú me llamaste “gallego” y también te hacía gracia mi castellano tan peculiar. Y me explicaste lo que era un quilombo y la guita y el laburo, incluso la pollera y nos reímos del distinto significado del verbo coger en tu español y en el mío.

Y me encantó tu nombre: Malena.

Y hablamos y hablamos. Ni tú ni yo teníamos que estar allí, pero lo estábamos. Un tercer país, ni el tuyo ni el mío. Te defendías muy bien en  inglés, mejor que yo, aunque yo le echaba más morro que tú.

Y una cosa llevó a otra. Y cuando decidimos que la vida nos estaba dando una oportunidad, decidimos aprovecharla. Y yo llamé a mi empresa para decirles que me quedaría tres días más y cambié mi billete de vuelta. Y tú resolviste tus cuestiones familiares que te habían llevado tan lejos de tu patria.

Malena.

Ambos sabíamos que todo sería efímero, pero apostamos por llevarnos el recuerdo de nuestra relación tan imprevista como apasionada.

Han pasado unos años y te recuerdo Malena y además siempre lo hago con una sonrisa. ¿Y sabes qué? Estoy seguro que tú también me recuerdas con cariño.

Y es curioso porque el domingo me acordé de ti, me vino como un halo de ti, un viento fresco, tal vez un olor, no lo sé.

Y es curioso también, porque apenas una hora después me sorprendí, cuando fondeado en la Bahía de Santander, ví un carguero y cuando lo rodeamos, leí su nombre “Malena”. No lo podía creer y mostré la más amplia de mis sonrisas, la más sincera, la que tanto te gustaba.

Malena.

Y sigues ahí, en un costado de mi corazón.