Marejada familiar

desolacion-en-las-mesas

Poco antes de que los domingos fueran amargos, disfrutábamos de las comidas familiares reunidos en torno a nuestro padre. Eran apacibles y tranquilas. Qué lejos estábamos de suponer que el fallecimiento de nuestro progenitor iba a desencadenar marejadas de envidia, soberbia y vanidades escondidas. 

En la primera comida sin él, solo se habló de dinero y posesiones. Aquellos que antes callaban, hoy ladraban y acusaban. Fue penoso.

Y llegó el día de la lectura del testamento. Y se terminaron las discusiones por completo. Entre caras de pavor y muecas de sorpresa, solo alguien atinó a preguntar “¿quién coño es esa tal Margarita que figura como heredera universal?”

Anuncios

Intruso bienvenido

????????????????

Es un intruso y es bienvenido. Parece contradictorio.

Me sorprende su quietud, su calma, al punto de pensar que está inerte. En ocasiones leo o escribo a su lado, mirando de reojo en búsqueda del momento de su marcha. A veces lo consigo pero son las menos, generalmente se va a la velocidad del rayo sin despedirse… y desaparece hasta la próxima ocasión.

Cuando le vuelvo a ver, puede que el intruso ya no sea el mismo, sino otr@ compañer@, no les puedo distinguir, apenas por el tamaño. Si veo que peligran intento ayudarles a encontrar un territorio menos hostil, sin enchufes, sin cables, sin trampas…

Son intrusos y sin embargo son bienvenidos.

La copita de anís

copa-anisSolo fui feliz contigo unas pocas semanas. Cada uno desempeñaba su papel, como si de un guión se tratase, escrito por el más rebuscado guionista. Tú, yo y nuestra hija. Tú papel era el de maltratador y el mío el de mujer sumisa, desde que hace mucho tiempo, escuché a mi madre decirme, “hija, ten paciencia, es normal…” o “algo habrás hecho”. Por eso desarrollé un sentimiento de culpa que me ha acompañado toda mi vida. Siempre humillándome. Siempre anulándome. 

Recuerdo el primer día que me pegaste, venias bebido del bar y me acusaste de tener miraditas con mi primo Ezequiel. Y me creí mi papel hasta el último día. Sin embargo, no fui capaz de buscar soluciones sujeta como estaba a las miradas de la gente del pueblo y a los comentarios y a la falta de apoyo de mi madre y sobre todo al miedo sobrecogedor que te tenía, fui muy cobarde, pero teníamos una hija maravillosa que me compensaba con creces. No olvido el día que vino del colegio y yo estaba aún sangrando por la nariz. Recuerdo su carita de pena y sus abrazos. Y recuerdo –como no- mis mentiras…”ay niña mamá ha tropezado con la puerta, que torpe soy…” y hasta sonreía para dar más fuerza a mi engaño.

Nunca fui capaz de hablar con mi hija, ni siquiera de adulta, me daba miedo y por qué no decirlo me daba vergüenza, mucha vergüenza. El día que mi pequeña ya hecha una mujer me preguntó “¿mamá que te pasa, tienes una tristeza permanente en tu mirada?” “¿mamá hay algo que quieras contarme?”… “No pasa nada, son cosas de la edad”, la contesté mintiéndola… a mi propia hija…

Ahora liberada de ti por el destino, no por mi valor, abro la botella de anís y bebo una copita. Visto de luto pero sonrío por dentro. Tal vez no sea lo correcto, pero es lo que me pide el corazón y ahora descanso como hacía años. La gente me mira con cara de pena, me besan, me abrazan y yo les sigo la corriente. Por fortuna, el destino ha decidido por mí, puede que bastante tarde, pero no me quejo y se lo agradezco.  Solo me falta hablar con nuestra hija y confesarle mi sufrimiento silencioso. O quizás no deba hacerlo. Tal vez la deje tener el recuerdo de un padre muy diferente del que realmente fue. Tal vez sea mejor llevarme mi secreto conmigo.  Y mientras lo pienso, me voy a tomar otra copita de anís.

Bollos

bolloa

Le manchaba los dedos de harina al entregarle el paquete, pero daba igual, Ana lo recogía entusiasmada, porque sabía que eran unos bollos especiales, un lujo en esos años de posguerra. Como siempre, se los entregó a su madre que hizo el reparto habitual, llevándose el bollo más grande a su cuarto.

En una ocasión, Ana se encaprichó del bollo grande, y al morderlo encontró en su boca restos de papel escrito. Su madre al echarlo en falta dentro del paquete, entró en pánico y pensó en huir de la casa. Tardaron unas horas en descubrir que los dientes de Ana se llevaron el mensaje semanal del marido huido.

British Mus

tarot-baraja-espanolaUna de las cosas que me acercaba a España en mis estancias británicas, era jugar al mus. Junto con otros tres compatriotas nos echábamos unas partidas apoteósicas a tan noble juego y en el lenguaje habitual del mismo, ese que los no adeptos a este juego de cartas, no pueden entender.

Nuestro amigo Ian, escocés para más señas, se entusiasmaba con el juego, le encantaba la baraja española con sus caballos, sotas y reyes, pero no entendía nada de nada, tal vez por eso y por la rapidez de las manos, la agilidad de los puntos y las risas que nos echábamos le hizo proponerme una tarde lluviosa que le enseñara a jugar al mus.

Ardua tarea, sin duda, para alguien que no conoce el idioma castellano.  Sin embargo asumí el reto de enseñarle a base de explicarle el sentido de cada jugada, de las apuestas, el significado de “envido” “y dos más”, “llevo pares” o incluso “voy pelao, vaya mierda de cartas”.

Exponer el proceso de enseñanza me daría para un blog entero, pero sí que me gustaría intentar transcribir al menos algunos momentos de una de las primeras “manos” del bueno de Ian….. porque escuchar con su recia voz escocesa decir en spanglish “ envidouuuu a grrrrrrande” “chicaaaa passsouuu” “llevo parrrres y te metou tres porrrrque voy forrrrrrrado” o incluso “ dos a juegouuuuu a que no hay cojouuuunes para verrrrrlo” es algo sencillamente irrepetible.

Lo de menos es si Ian ganó alguna partida, que lo hizo, si bien añado que su pareja de mus era yo y eso –modestia aparte- era una garantía, lo importante fueron los buenos momentos compartidos, que siempre que nos vemos recordamos con una sonora carcajada alrededor de una cerveza, como aquellas que servíamos en un pub de Inverness hace mucho, mucho, mucho, tiempo…

Sacapuntas

lapiz-y-sacapuntas

El lápiz con el que ella, cada mañana, se lo dibujaba, había desaparecido y también los dibujos. Pensó que era muy extraño y se dio cuenta del silencio que reinaba en su casa. Respiro hondo y no quiso preocuparse.  Pero pasadas unas horas comprendió que también ella había desaparecido.

Hizo un esfuerzo y recordó que la noche anterior le había sacado punta a todos los lapiceros. La medicina tenía efectos en su memoria. Vagamente percibió que habló con ella… pero no recordaba más. En la habitación contigua una enorme mancha de sangre le hubiera indicado cuan punzante estaba la punta del lápiz.