Novato

ferrari_lEl novato arrancó su coche de novato con su L de novato. Al entrar en la autopista, los demás conductores le miraron y le adelantaron por izquierda o derecha, incluso le obligaron a hacer alguna maniobra imprevista. Algunos conductores le hacían gestos y le decían cosas que él no podía entender. Otros le ponían el dedo pulgar hacia arriba. Y el novato pensaba lo raro del trato recibido de los demás por el mero hecho de ser un novato al volante. Al cabo de un rato llegó a su destino y aparcó su Ferrari de novato con la L de novato.

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Marejada familiar

desolacion-en-las-mesas

Poco antes de que los domingos fueran amargos, disfrutábamos de las comidas familiares reunidos en torno a nuestro padre. Eran apacibles y tranquilas. Qué lejos estábamos de suponer que el fallecimiento de nuestro progenitor iba a desencadenar marejadas de envidia, soberbia y vanidades escondidas. 

En la primera comida sin él, solo se habló de dinero y posesiones. Aquellos que antes callaban, hoy ladraban y acusaban. Fue penoso.

Y llegó el día de la lectura del testamento. Y se terminaron las discusiones por completo. Entre caras de pavor y muecas de sorpresa, solo alguien atinó a preguntar “¿quién coño es esa tal Margarita que figura como heredera universal?”

Intruso bienvenido

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Es un intruso y es bienvenido. Parece contradictorio.

Me sorprende su quietud, su calma, al punto de pensar que está inerte. En ocasiones leo o escribo a su lado, mirando de reojo en búsqueda del momento de su marcha. A veces lo consigo pero son las menos, generalmente se va a la velocidad del rayo sin despedirse… y desaparece hasta la próxima ocasión.

Cuando le vuelvo a ver, puede que el intruso ya no sea el mismo, sino otr@ compañer@, no les puedo distinguir, apenas por el tamaño. Si veo que peligran intento ayudarles a encontrar un territorio menos hostil, sin enchufes, sin cables, sin trampas…

Son intrusos y sin embargo son bienvenidos.

Autumn leaves

Fascinating - mechanically and emotionally

El ambiente estaba cargado, los camareros zigzagueaban entre las pequeñas mesas redondas. Esperé pacientemente sentado, sin más compañía que mi bebida. El viejo y agradable local de Greenwich Village, tenía un toque decadente, añoranza de un pasado mejor.

Salió el grupo, un quinteto excepcional que interpretó dos temas, tras los cuales, él entró en escena entre los aplausos del público. Con su voz contundente saludó y acto seguido comenzó con una versión sublime de “Summertime”, que me resecó la boca pero no el alma. Continuó con “Blue train”, “Night has a thousand eyes” y otros temas que me hicieron vibrar. De ahí en adelante estuve levitando musicalmente al ritmo de su saxo y de mis copas. Y por fin, nos obsequió con una desgarradora versión de “Autumn leaves”, mi tema favorito.

Al terminar la actuación le eché todo el valor posible y me acerqué a la barra donde se encontraba, y superando la mirada dura de uno de sus acompañantes, me presenté y me dio la mano con energía obsequiándome con una apacible sonrisa. Hablé con él apenas dos minutos, tiempo suficiente para recordar siempre el momento.

Salí del local. Hacía mucho frío, la ventisca dificultaba andar por las calles de Nueva York. Tenía veinte años y había gastado todos mis ahorros en este viaje, pero ya en mi habitación, me dí cuenta de que nunca volvería a tener una noche así.

La copita de anís

copa-anisSolo fui feliz contigo unas pocas semanas. Cada uno desempeñaba su papel, como si de un guión se tratase, escrito por el más rebuscado guionista. Tú, yo y nuestra hija. Tú papel era el de maltratador y el mío el de mujer sumisa, desde que hace mucho tiempo, escuché a mi madre decirme, “hija, ten paciencia, es normal…” o “algo habrás hecho”. Por eso desarrollé un sentimiento de culpa que me ha acompañado toda mi vida. Siempre humillándome. Siempre anulándome. 

Recuerdo el primer día que me pegaste, venias bebido del bar y me acusaste de tener miraditas con mi primo Ezequiel. Y me creí mi papel hasta el último día. Sin embargo, no fui capaz de buscar soluciones sujeta como estaba a las miradas de la gente del pueblo y a los comentarios y a la falta de apoyo de mi madre y sobre todo al miedo sobrecogedor que te tenía, fui muy cobarde, pero teníamos una hija maravillosa que me compensaba con creces. No olvido el día que vino del colegio y yo estaba aún sangrando por la nariz. Recuerdo su carita de pena y sus abrazos. Y recuerdo –como no- mis mentiras…”ay niña mamá ha tropezado con la puerta, que torpe soy…” y hasta sonreía para dar más fuerza a mi engaño.

Nunca fui capaz de hablar con mi hija, ni siquiera de adulta, me daba miedo y por qué no decirlo me daba vergüenza, mucha vergüenza. El día que mi pequeña ya hecha una mujer me preguntó “¿mamá que te pasa, tienes una tristeza permanente en tu mirada?” “¿mamá hay algo que quieras contarme?”… “No pasa nada, son cosas de la edad”, la contesté mintiéndola… a mi propia hija…

Ahora liberada de ti por el destino, no por mi valor, abro la botella de anís y bebo una copita. Visto de luto pero sonrío por dentro. Tal vez no sea lo correcto, pero es lo que me pide el corazón y ahora descanso como hacía años. La gente me mira con cara de pena, me besan, me abrazan y yo les sigo la corriente. Por fortuna, el destino ha decidido por mí, puede que bastante tarde, pero no me quejo y se lo agradezco.  Solo me falta hablar con nuestra hija y confesarle mi sufrimiento silencioso. O quizás no deba hacerlo. Tal vez la deje tener el recuerdo de un padre muy diferente del que realmente fue. Tal vez sea mejor llevarme mi secreto conmigo.  Y mientras lo pienso, me voy a tomar otra copita de anís.

Bollos

bolloa

Le manchaba los dedos de harina al entregarle el paquete, pero daba igual, Ana lo recogía entusiasmada, porque sabía que eran unos bollos especiales, un lujo en esos años de posguerra. Como siempre, se los entregó a su madre que hizo el reparto habitual, llevándose el bollo más grande a su cuarto.

En una ocasión, Ana se encaprichó del bollo grande, y al morderlo encontró en su boca restos de papel escrito. Su madre al echarlo en falta dentro del paquete, entró en pánico y pensó en huir de la casa. Tardaron unas horas en descubrir que los dientes de Ana se llevaron el mensaje semanal del marido huido.