Barro

Imagen: Pixabay

Por fin llegó el viernes y Pablo nos presentó a la mujer de su vida. Hasta ahi todo normal, si no fuera porque Pablo nos presenta cada seis meses a la mujer de su vida.  

La velada fue agradable y no quise hacer ninguna pregunta complicada. No por un exceso de amabilidad, sino porque no me apetecía escuchar algunas posibles respuestas que ya conocía de otras ocasiones.

Pablo moldeaba su vida como el barro, olvidando que con frecuencia, el valor de una vasija suele estar en su contenido.

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La nota

Imagen: Pixabay

Una despedida de soltero siempre parece un buen plan. Y si el destino es Sevilla aún mejor. Sin embargo, las consecuencias puedes ser un poco penosas. También la edad hace que uno ya no esté para según que trotes.

En el Ave de regreso, sentía un martilleo en la cabeza, junto a una sensación de sueño y de desazón. Vamos, una resaca importante. Sentado junto a la ventana cerré los ojos intentando superar la situación, pero al final sucedió lo inevitable. Iba a vomitar, así que salí de un salto de mi asiento por encima de la mujer que estaba a mi izquierda, sin permiso, sin educación, no podía entretenerme en explicaciones, corrí por el pasillo hacía el servicio y bingo… estaba libre.

No voy a dar detalles de la experiencia, no merece la pena. Tras el desastre, me lavé la cara, estaba empapado en sudor y salí al pasillo a airearme. El vagón bar estaba a dos de distancia así que dando tumbos llegué hasta él a tomarme una botella de agua.

Entonces recordé a la mujer que estaba a mi lado y me pareció oportuno llevarle una bebida en forma de disculpa. Así que me llevé, un refresco, una botella de agua y un café, supongo que algo de eso aceptaría. Con todo dentro de una bolsa llegué a mi asiento y lo primero que hice fue pedirle disculpas por lo sucedido.

Y por fortuna me entendió a la primera, me ofreció una hermosa sonrisa e incluso bromeó “¿una noche dura en Sevilla, verdad?”. Aceptó el botellín de agua y aceptó también mis disculpas. Unas frases amables de rigor y nada más. Ella siguió enfrascada en su libro y yo comencé a encontrarme un poco mejor hasta que me dormí.

Tan cuajado me quedé que no me enteré de la llegada del Ave a Atocha y fue una azafata la que tuvo que despertarme, cuando apenas quedaban ya pasajeros.

Una vez en casa, vacié la mochila en la que llevaba lo poco que necesité para el viaje y fue entonces cuando descubrí una hoja doblada en su interior.

Y en ella, escrito de puño y letra una nota: “a veces es necesario emborracharse de optimismo, de ánimo, de vida, y eso siempre será mejor que emborracharse de alcohol”.

Aún conservo la hoja.

Espacio vital

Imagen: Acceso al Parque del Retiro – Montalleri

Tengo que pensar. Sí debo pensar en ella, en cuando la conocí, que momentazo que buenos recuerdos y necesito pensar y pensar, en el trabajo, vaya suerte lo de Gómez, no imaginé que obtendría el premio mensual de ventas, es un capullo pero el tío es realmente bueno, vale y ahora tengo que pensar, si… mi hermano, no se si me apetece compartir las vacaciones con él, tal vez unos pocos días sí, eso será lo mejor y a ver, más cosas para pensar, lo de la nevera, vale compraré una de calificación energética triple A para consumir menos electricidad, la actual tiene casi veinte años y consume mucho y si esperaré alguna oferta en el centro comercial y más cosas, más cosas, por favor, bueno lo de Ángela, como me alegra que le dieran la plaza, se lo merece pero la echaré de menos aunque Londres está solo a poco más de dos horas de avión, vale la iré a ver en otoño. Y tengo que contestar a Pablo acerca del fin de semana, no se si me apetece, pero es una oportunidad de reunirme con los amigos y a ver, más cosas…si ya sé, la entrada al Parque del Retiro, enorme, grandiosa…

De repente, sonó una voz por el altavoz: “ya está señor Montalleri, ya hemos terminado”

Suspiré.

Sentí un alivio inmenso, me levanté ayudado por la enfermera, empapado en sudor y salí por fin de la máquina de resonancia magnética. Superé mi claustrofobia a base de pensar en mil cosas. Ahora a vestirme, a calmarme y a mirar sin trabas el horizonte.

¡¡¡ Bravo !!!

Imagen: Pinterest

El público aplaude a rabiar, se escuchan los “bravos”. Mi escena final es desgarradora, lloro desconsoladamente mientras unos lagrimones caen sobre mis mejillas. Con los ojos entreabiertos, observo la reacción del público y disfruto de mi éxito una noche más.

En unos minutos, mis propios compañeros me darán la enhorabuena por mi soberbia actuación y el señor Peñalva el productor, me estampará dos sonoros besos en sendas mejillas. Seguro que en el camerino me aguarda un ramo de rosas rojas, mis favoritas y después, ya en la calle, varios admiradores, hombres y mujeres me reclamarán un autógrafo o un selfie con ellos.

Si, he vuelto a triunfar.

Y eso que esta vez no he actuado, porque esta vez mis lágrimas son de verdad, de pena, de dolor. Pero nadie lo sabe, ni nadie lo sabrá jamás.

Es lo que tiene ser actriz, a veces confundes la realidad con la actuación y hoy por primera vez mi actuación fue verdaderamente real, como mis lágrimas desesperadas.

Y mi secreto quedara oculto tras los aplausos, tras las rosas, tras los besos, tras los “bravos”.

Don Pascual

Imagen: Pixabay

Me gustaba ir a ver a Pascual, el abuelo de Tania. Era un hombre muy leído y culto. Sus noventa y tres años le daban un porte especial. Su voz algo quebrada era aún sugerente… 

-¿De verdad crees que eres libre? Nadie elige su vida, ni ahora ni antes. 

– Antes en el pueblo nos debíamos a las decisiones de los padres. Entonces se tenían muchos hijos y de siempre, el mayor iba para militar y el siguiente para cura. Se les buscaba un sustento fijo. Como a las hijas, a las mas agraciadas se les buscaba un buen partido, a las menos se las encaminaba a la vida contemplativa, ya sabes como monja…

… Y quedábamos los pequeños, para los que apenas había más empeño que la propia supervivencia, el trabajo en el huerto, en el almacén de algún acaudalado indiano y los más afortunados hasta podían ir a la escuela, aunque no todos aprovechaban esa oportunidad. La vida nos hacía a nosotros mismos, no elegíamos casi nada y suerte si no pillábamos alguna enfermedad de esas que te llevaban al huerto, pero al otro huerto…

…Nosotros éramos catorce hermanos y cuatro murieron de pequeños, dos por enfermedad y otros dos por accidentes. Y otros dos en la guerra. A mi hermano Luisito lo atropelló un carro tirado por un buey. Y Carmencita se despeñó jugando al escondite, ya ves tú que fatalidad…

…Y mi hermana Angelita la más lista de todos, que emigró a Francia a vendimiar y se quedó sirviendo en una casa que mira tú por donde, era de unos señores de dinero y como Angelita era muy buena con la costura, se  la llevaron a París y la metieron en una casa de esas de ropa buena y cara. Recuerdo que cuando venía al pueblo las otras mujeres le cuchicheaban envidiosas a sus espaldas y Angelita las hacia rabiar y un día cansada de como la miraban, le mostró el liguero al señor alcalde y claro, acabó en el calabozo, que aquello fue un escándalo y luego Padre hubo de sacarla de allí y bien orgulloso que estaba de su hija…

…Y luego estaba Nicolás que fue preso político pero de los de verdad, no como ahora que llaman preso político a cualquiera… que le llevaron a varias cárceles por rojo y le dieron de hostias a diario. Y luego Nicolás ya con la democracia se afilió al Partido Comunista y llegó a ser alcalde del pueblo y un buen alcalde te aseguro y no porque fuera mi hermano…

… Y claro que no se hablaba con Ramón el mayor que era cura y del régimen franquista y que no hizo nada por echarle una mano ni por interceder, que eran tiempos en los que un cura valía su peso en oro…

… Y me acuerdo de Ruperto, que se metió a militar y le tocó en el bando republicano y fue de los últimos defensores de Madrid en las batallas de la Ciudad Universitaria y de Navalcarnero. Ellos sabían que si Madrid caía, la guerra terminaba pero nunca se rindieron y allí que se dejaron la vida y  fíjate tú que Ruperto tenía veintidos años solamente…pero si era casi un niño…

… No sé, pero no me acuerdo mucho de mis otros hermanos… que pena…

… Yo que era de los pequeños, me gané la vida en el huerto de Don Venancio y luego poniendo ladrillos y de paleta y hasta aprendí fontanería y era bueno de verdad, jejeje…y aquí me tienes con mi pequeña pensión  pero feliz en el pueblo, esperando que me llegue la hora de acompañar a Nicolás, a Angelita, a Nicanor, a Carmencita, a Ruperto…incluso al cabrón de Ramón…

-¿Oye Tania, tu crees que tu amigo querrá volver a visitarme, porque es que yo hablo mucho y además creo que entremezclo las historias, pero claro a mis años… aunque creo que le interesa y parece buena gente, aunque mira mucho su teléfono…

El coleccionista de miradas

Como cada domingo, Germán salió de su casa camino al parque.

Y nada más pisar la calle comenzó a escudriñar con interés todo cuanto le rodeaba, su fijación era estar atento a cualquier movimiento.

Miraba a las personas con una mezcla de interés y disimulo para no causar molestias.

Y con algunas de esas personas cruzaba miradas momentáneas, furtivas, apenas unos segundos o menos.

Y después Germán sonreía satisfecho y a veces incluso se detenía a apuntar algún detalle en su pequeña libreta.

Porque Germán era ante todo, un coleccionista de miradas.


original publicado septiembre 2016

Aeropuerto

Imagen: Montalleri

Como tantas veces, he ido al aeropuerto a recibirte después de tu estancia de trabajo. Por la misma puerta, entraban los pasajeros de tres vuelos casi a la misma vez. Tú Pablo, siempre eres muy tranquilo, sin prisas, te gusta salir de los últimos, lo sé.

Comienza a salir la gente, un chorro de personas de distintas nacionalidades e idiomas. Se suceden los saludos, los abrazos emocionados, los choques de manos, la algarabía y la discreción a partes iguales.

Te imagino como siempre con tu habitual desaliño, barba de tres días, unos vaqueros, una camiseta, tu gorra, tu mochila al hombro y arrastrando tu trolley.

Te imagino y te espero.

Y te sigo esperando, cuando siento una mano sobre el hombro. La mano de tu hermana Marta. Me giro. Y Marta me mira y me sonríe y me abraza muy fuerte y yo intento mirar hacia la puerta porque, si no nos vemos, tendrás que irte en el autobús y yo quiero que sepas que te he ido a buscar, como he hecho tantas veces.

Marta me agarra por el hombro con cariño pero con fuerza.

Y entonces lo recuerdo todo y estallo en lágrimas.

Como te echo de menos hijo mío.