Africa

Desde el día que murió en mis brazos, comprendí que mi vida debía estar correctamente encaminada a dar una oportunidad a aquellos que nunca la tienen.

Un machete en mi cuello me obligó a dar preferencia a quién no lo merecía.

Fui cobarde o tal vez fui humano.

Pero no volverá a suceder, aunque me cueste perder la vida en esta lucha de poderes, en este enjambre de tribus de mi amada Africa.


imagen: https://pixabay.com

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Trece

El reloj de la plaza tenía cerca de cien años y funcionaba a la perfección. Ubicado en una torre levantada tres siglos antes, era cuidado, engrasado y casi mimado por Andrés con el mismo cariño que empleó su padre y antes su abuelo para el mismo menester.

Andrés trabajaba solo y su fallecimiento llenó de luto al pueblo porque era un hombre muy apreciado. Pero la secuencia familiar de mantenimiento del reloj iba a romperse, porque el hijo de Andrés se dedicaba a la hostelería en una ciudad del norte y su hija era bióloga.

Durante unas semanas, el reloj funcionó bien, pero a partir del mes, comenzó a dar una campanada de más al llegar a las doce, ya fueran del mediodía o de la medianoche.

Para solucionar el problema, vinieron técnicos desde la capital, incluso de la casa original que estaba en Alemania, pero nadie fue capaz de entender el problema técnico por el que el reloj daba una campanada de más a las doce. Y los vecinos comenzaron a pensar en los malos augurios del número trece reflejado en esas trece campanadas.

Un concejal propuso en el pleno del ayuntamiento, que se sustituyera la esfera del reloj por otra en la que aparecieran las trece horas, lo que podría ser hasta un reclamo turístico, pero el pleno desechó la idea por mayoría.

Fue en esa misma noche tranquila y apacible, cuando la torre donde se ubicaba el reloj, se vino abajo. No hubo movimiento sísmico, ni tempestades, ni nada que justificara lo sucedido en un conjunto edificado en el siglo XVIII del que única y exclusivamente se derrumbó la torre que sustentaba el reloj.

Y lo hizo exactamente después de las trece campanadas.


Imagen: https://www.zazzle.es/

Las gafas de sol

El fin del verano es un momento ideal para ir a la playa si el tiempo lo permite. Ya no quedan apenas veraneantes ni turistas, el sol no aprieta y la temperatura ha bajado notablemente, pero la belleza del mar mantiene todo su esplendor. Así que decidí bajar a la playa a leer mi libro.

En el portal coincidí con mi vecino Aurelio, un hombre sesentón, amable y educado como pocos, que iba a darse su baño diario. Al llegar a la playa, me quedé en una zona al resguardo del viento mientras que Aurelio bajó hasta la orilla dispuesto a su chapuzón. A los pocos minutos levanté la vista de mi libro y vi la figura de mi vecino saludándome, lo cierto es que es un hombre muy agradable de trato. Le devolví el saludo con la mano y reanudé mi lectura.

Instintivamente volví a mirar al mar y de nuevo ví a Aurelio que me saludaba. Entrecerré los ojos para afinar mi vista ya que tengo algo de miopía y me había bajado mis gafas de sol que no están graduadas. Así que saludé al bueno de mi vecino, devolviéndole su saludo marino. Y me concentré definitivamente en la lectura.

Fué esa misma tarde cuando me enteré de que Aurelio casi se ahoga en el mar. Por fortuna le sacaron unos chicos que estaban corriendo por la playa y ahora mismo, se encontraba ingresado en la UCI aunque al parecer fuera de peligro.

Entonces recordé sus continuos saludos con la mano, interpretando lo que realmente le había sucedido. Muy nervioso me propuse dos cosas de inmediato: la primera visitar a Aurelio en el hospital en cuanto fuera posible y la segunda pero no menos importante, visitar la óptica y hacerme unas gafas de sol graduadas.

El lado oscuro

Apagué el móvil, la televisión, el ordenador, la lámpara. Quedé a oscuras con mi pensamiento cuando percibí una luz exterior.

Me asomé y la vi. Luna llena, tan grande que formaba sombras como un foco frío y blanquecino, como desmayado.

Luna hipnótica y sedante.

Recordé en ese momento que esa luna tenía un lado oscuro.

Y creo que esa luna común, que miramos todos, que no es exclusiva de nadie, que nos pertenece aquí y allá, es como nosotros.

Porque todos somos luna, porque todos sin excepción tenemos también nuestro lado oscuro.

La casa de tócame Roque

Mi abuela Encarna decía que su casa en verano era como “la casa de tócame Roque” curiosa expresión popular cuyo significado comento al final del texto.

Allí nos juntábamos los primos de todas las ramas, más amigos y amigos de los amigos en un batiburrillo de personas y personajes que daba vida a la enorme casona de la abuela en los deliciosos días del agosto asturiano.

Allí dormíamos los chicos por un lado y las chicas por otro y por otra parte estaban los mayores, mis padres, mis tíos y los amigos de “noséquién” y la abuela Encarna que tenía un cuarto precioso con balconcito y todo.

Yo dormía muy bien pero algunas noches solía escuchar unos extraños sonidos que provenían de la cama de mi primo Javi, y que parecían como extraños jadeos. Recuerdo que una noche entraron en el cuarto de repente, mi madre, mi tía, y mi tío Angel recién llegado de París donde vivía. La llegada de mi tío era siempre bienvenida porque nos traía regalos muy chulos a todos y porque siempre tenía unas historias fantásticas que nos contaba en el jardín en esas noches frescas en las que la chaqueta o la rebeca no sobraban.

Pues bien, todos los chicos nos levantamos a saludarle y abrazarle, excepto mi primo Javier que se quedó como colapsado bajo la colcha.

Javi cariño, saluda al tío Angel insinuó mi madre, pero Javi rojo como un tomate dijo con la cabeza que no, que se encontraba regular. Ante la insistencia de tía Gertrudis, Javi le pegó un alarido con un no rotundo y ansioso. Tío Angel le quitó hierro,

Venga mañana hablamos. Buenas noches a todos.

Me quedé preocupado pero me dormí en seguida. A la mañana siguiente le pregunté a Javi por su reacción y este me dijo que le habían pillado en plena paja.

-¿Qué es una paja? Pregunté. Javier era tres años mayor que yo y su opinión siempre era muy respetada por mí.

– A ver enano, tu tienes 11 años, aún eres pequeño, así que de momento no te interesa el tema.

En realidad a mi cualquier cosa que motivara semejante grito a la tonta de la tía Gertrudis me interesaba sí o sí. Así que insistí en mi pregunta y mi primo me contestó aturullado tan solo un inicio de respuesta…

– Pues es cuando…cuando…te das …pues eso…

Pero yo no entendía nada y Javi dijo que era aún muy pequeño para entenderlo por lo que le dije que se lo preguntaría a mi madre. Javier  muy alterado me dijo que ni se me ocurriera hacer eso.

Así que se lo tuve que preguntar a mi hermano Fernando de 16 años que comenzó a reírse y a mi prima Sarita que salió corriendo llamándome cerdo o algo así. Al final fue mi amigo Juanito el que me puso sobre aviso de algunos cambios en mi cuerpo. Pero yo no iba a quedarme sin respuesta más concreta porque el tema me interesaba.

El día 15 de agosto festividad de la virgen, nos reuníamos todos a comer y a los postres, me puse de pie y muy serio y muy digno dije a todos los comensales

– alguien me puede explicar que es eso de hacerse una paja.

Mi madre se llevó las manos a la cabeza, mi padre se atragantó, mis primos y tíos me miraron con una mezcla de sorpresa y sonrisa, mi primo Javier y mi hermano soltaron una carcajada, tía Gertrudis invocó a no se cuantas virgenes y dijo algo de limpiarme la boca con lejía, mi prima Sara se escondió tras la servilleta. Y el resto se mantuvo en silencio.

Un silencio tenso y cortante hasta que el tío Angel soltó una carcajada inmensa y larga que siguieron casi todos los comensales entre toses y lagrimas de risa mientras la abuela Encarna, me daba un cariñoso tirón de orejas y unos sonoros besos de abuela.

Digo que no todos los comensales rieron, porque tía Gertrudis se levantó de la mesa vociferando e inquirió a su hija Sarita que hiciera lo mismo, pero mi prima ya había comenzado a reírse también, mientras le guiñaba un ojo a mi primo Javier…


La casa de tócame Roque