Al otro lado

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Al otro lado de la ventana veo una familia, desayunan juntos y parecen felices. Son cuatro, el matrimonio, un hijo y la niña que está preciosa. Pronto se irán al colegio, creo que la niña es muy estudiosa y además deportista. Hay días que juega al baloncesto por las tardes. Lo sé porque en una ocasión entré en el polideportivo y la vi. Tiene la suerte que yo nunca tuve. Pero es lo que yo tanto ansiaba, que fuera feliz, aunque eso mismo es lo que me hace llorar a diario. Me alegro tanto por mi niña del alma.

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Chispas agridulces

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Cuando se prendieron las cortinas de la cocina, nos dimos cuenta de que nuestra pasión se estaba desbordando, estaban saltando chispas. Pudo ser el brillo de tus ojos, o el ardor de nuestros besos, o los movimientos rítmicos, o nuestros jadeos entrecortados, o una reacción química de los fluidos. 

Pudo ser…pero en realidad se nos estaba quemando el aceite. Así que apagamos el fuego como pudimos y buscamos el teléfono del restaurante chino. Y reanudamos nuestra pasión, pero esta vez en la terraza, hasta que perdimos inexorablemente el equilibrio.

Sobrevivimos con varias lesiones y recuerdo que mientras sufríamos en la acera, sentimos un intenso olor a cerdo agridulce.

Novato

ferrari_lEl novato arrancó su coche de novato con su L de novato. Al entrar en la autopista, los demás conductores le miraron y le adelantaron por izquierda o derecha, incluso le obligaron a hacer alguna maniobra imprevista. Algunos conductores le hacían gestos y le decían cosas que él no podía entender. Otros le ponían el dedo pulgar hacia arriba. Y el novato pensaba lo raro del trato recibido de los demás por el mero hecho de ser un novato al volante. Al cabo de un rato llegó a su destino y aparcó su Ferrari de novato con la L de novato.

Marejada familiar

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Poco antes de que los domingos fueran amargos, disfrutábamos de las comidas familiares reunidos en torno a nuestro padre. Eran apacibles y tranquilas. Qué lejos estábamos de suponer que el fallecimiento de nuestro progenitor iba a desencadenar marejadas de envidia, soberbia y vanidades escondidas. 

En la primera comida sin él, solo se habló de dinero y posesiones. Aquellos que antes callaban, hoy ladraban y acusaban. Fue penoso.

Y llegó el día de la lectura del testamento. Y se terminaron las discusiones por completo. Entre caras de pavor y muecas de sorpresa, solo alguien atinó a preguntar “¿quién coño es esa tal Margarita que figura como heredera universal?”

Intruso bienvenido

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Es un intruso y es bienvenido. Parece contradictorio.

Me sorprende su quietud, su calma, al punto de pensar que está inerte. En ocasiones leo o escribo a su lado, mirando de reojo en búsqueda del momento de su marcha. A veces lo consigo pero son las menos, generalmente se va a la velocidad del rayo sin despedirse… y desaparece hasta la próxima ocasión.

Cuando le vuelvo a ver, puede que el intruso ya no sea el mismo, sino otr@ compañer@, no les puedo distinguir, apenas por el tamaño. Si veo que peligran intento ayudarles a encontrar un territorio menos hostil, sin enchufes, sin cables, sin trampas…

Son intrusos y sin embargo son bienvenidos.

Autumn leaves

Fascinating - mechanically and emotionally

El ambiente estaba cargado, los camareros zigzagueaban entre las pequeñas mesas redondas. Esperé pacientemente sentado, sin más compañía que mi bebida. El viejo y agradable local de Greenwich Village, tenía un toque decadente, añoranza de un pasado mejor.

Salió el grupo, un quinteto excepcional que interpretó dos temas, tras los cuales, él entró en escena entre los aplausos del público. Con su voz contundente saludó y acto seguido comenzó con una versión sublime de “Summertime”, que me resecó la boca pero no el alma. Continuó con “Blue train”, “Night has a thousand eyes” y otros temas que me hicieron vibrar. De ahí en adelante estuve levitando musicalmente al ritmo de su saxo y de mis copas. Y por fin, nos obsequió con una desgarradora versión de “Autumn leaves”, mi tema favorito.

Al terminar la actuación le eché todo el valor posible y me acerqué a la barra donde se encontraba, y superando la mirada dura de uno de sus acompañantes, me presenté y me dio la mano con energía obsequiándome con una apacible sonrisa. Hablé con él apenas dos minutos, tiempo suficiente para recordar siempre el momento.

Salí del local. Hacía mucho frío, la ventisca dificultaba andar por las calles de Nueva York. Tenía veinte años y había gastado todos mis ahorros en este viaje, pero ya en mi habitación, me dí cuenta de que nunca volvería a tener una noche así.