El enigmático caballero Galés – 2

Castillo de Conwy

El enigmático caballero Galés, capítulo 2 de 3

El capítulo 1 está aquí…


Al día siguiente Sir Charles reunió a sus nobles encabezados por Evans.

-Como las luchas contra los galeses no dan su fruto, he ideado un plan para introducir un espía entre las huestes del ejército galés, para lo cual enviaremos a Martin Glenn un escocés renegado, corajudo luchador quién pretenderá unirse a las tropas galesas ofreciendo su experiencia en la lucha contra los ingleses. Su origen escocés, su conocimiento de las lenguas gaélicas y el hecho de que no haya participado en las recientes batallas le permite ser un perfecto desconocido para intentar integrarse en el ejército galés. Yo pongo mi mano en el fuego por él.

Una mañana de otoño, Glenn fue interceptado por las tropas galesas camino de Conwy y llevado al castillo. Allí se ofreció para luchar junto a los galeses contra el ejército del Conde de Cheddelton, aportando sus conocimientos de estrategia desarrollados en su país natal Escocia y en Tierra Santa donde había luchado bravamente durante una campaña que se prolongó ocho años, además de su odio irrenunciable hacia la causa inglesa a quiénes acusaba de masacrar a su familia.

Arwel Bleddyn capitán de las tropas galesas, aceptó en principio llevarle al castillo, aunque desconfiando de la casualidad del encuentro. No obstante lo cual, fue llevado a presencia del caballero misterioso y su corte de nobles luchadores.

Pese a lo que ya le habían anticipado en Wrexham, la sorpresa de Glenn  fue inmensa cuando observó con sus propios ojos que el caballero que lideraba las tropas galesas, era en efecto una dama, de pelo corto, brazos fibrosos y gesto severo, en la que destacaba su poderosa y firme mirada. El espía escocés sintió un escalofrío por el cuerpo que no pudo disimular.

-Sed bienvenidos caballero, mi nombre es Eleanor, veo sorpresa en vuestros ojos. No estáis acostumbrados a que una mujer se dirija así a vos. Esa percepción ha de cambiar. Y bien, ¿que podéis ofrecernos para que no seáis degollado de inmediato?

Glenn se expresó en gaélico contando su historia personal en Escocia de continuas luchas contra los ingleses, tras lo cuál marchó a Tierra Santa donde combatió varios años como mercenario ya que él no era cristiano, pero si compartía la idea de liberar la zona del enemigo musulmán.

Fue esa historia la que interesó a Eleanor y sobre la que le pidió detalles.

-Caramba, jamás consideré tener aquí a un cruzado, pero el destino me ha traído no a uno sino a dos, dijo Eleanor señalando a un caballero de enormes barbas y mirada furibunda, al que se dirigió en una mezcla de latín y gaélico.

-Don Diego, si lo desea tiene la palabra, ya que su merced luchó en el bando cruzado para restablecer el control apostólico romano sobre Tierra Santa.

Las respuestas de Glenn a las preguntas de Diego de Ampudia parecieron contentar a los presentes…

-¿Supongo que lucharía contra Irm Abdel al Taleb apodado el temible? preguntó Diego y se entabló una conversación sobre el gran guerrero musulmán, sus métodos, su indudable valor, su estrategia y su ferocidad…

Tras la prueba del interrogatorio Eleanor ordenó que se le diera comida y cobijo al escocés. Con Eleanor de quedaron Diego, Arwell y los principales nobles galeses

-¿Y bien don Diego? Preguntó la dama…

-Es un farsante Milady concluyó el castellano. Miente como un bellaco, errores de apreciación y de lugar y para colmo, Irm Abdel al Taleb no fue ningún jefe musulmán, sino un almohade granadino, un hombre de paz, que hacía vasijas de barro y que por supuesto, jamás luchó en ninguna cruzada. Glenn miente y debe morir de inmediato.

-Estoy de acuerdo señaló Arwell, sin duda esto es una patraña de Evans, debemos devolverle la cabeza del traidor.

-Yo mismo se la cortaré añadió el bravo Deyan Boncath uno de los guerreros más duros del ejército galés.

-O tal vez …no, sugirió Eleanor ante la sorpresa de todos.

Caballeros, tenemos una ventaja importante, sabemos que Glenn es un traidor, pero él no sabe que lo sabemos, ¿me entendéis?

Los caballeros estaban duchos en la batalla, no tanto en el juego de palabras y hubo que explicarles con detenimiento la manera de obrar para que el escocés no sospechara nada.


Continuará …

El enigmático caballero Galés – 1

Imagen: Montalleri, Costa de Gales

El enigmático caballero Galés, capítulo 1 de 3


Eran tiempos turbulentos en pleno S.XIII.

En Gales, zona de guerra desde que empezó la invasión inglesa, las batallas eran tan continuas como crueles.

Al frente de las tropas galesas, estaba un enigmático luchador del que nada se sabia en Inglaterra, salvo que no era en apariencia un fuerte caballero, sino más bien algo enclenque, por lo que era de admirar su destreza con la pesada espada, así como su inmenso valor demostrado una y otra vez.

Vestido de guerra, nada tenía que ver con los brutales cuerpos de sus compañeros de batalla, fornidos luchadores de enormes brazos, inmensos torsos y ojos ensangrentados de rabia. Corría el rumor de que pudiera tratarse del hijo de Owain Jernygan, Conde de Cynwryg, pero como jamás descubría su cara, era tan solo una especulación. El chico tendría ahora unos dieciséis años y bien pudiera haber heredado el valor de su padre.

Esa mañana de primavera, se desató una nueva y brutal algarada cerca de la aldea de Bodelwyddan. Las tropas inglesas querían abrir el flanco norte para avanzar hacia el castillo de Conwy, si lo conseguían asediar seria un duro golpe para los galeses. Al frente del ejército galés, de nuevo el luchador misterioso, perfectamente pertrechado sobre un hermoso corcel.

Con habilidad militar y estratégica las tropas galesas afrontaron a las inglesas con determinación y con el señuelo de una aparente huida, consiguieron que entraran en la bahía desde donde solo encontraron una trampa mortal al ser rodeados por fuerzas menores en cantidad pero dotadas de una enorme habilidad para guerrear.

De vuelta al castillo de Wrexham, los supervivientes, heridos y humillados por las tropas galesas se presentaron ante el Conde de Cheddelton, fiel lacayo del rey de Inglaterra, para afrontar con vergüenza y deshonor las duras palabras que les esperaban. Axel el Conde de Cheddelton se desesperaba con esas noticias…

-¿Cómo es posible que un chiquillo derrote a mis caballeros? Sois la vergüenza de Inglaterra, de vuestra nación y de vuestras familias. ¿Dónde está vuestro honor? Grito lleno de rabia el Conde.

Peter Evans lugarteniente de las tropas tomó la palabra…

-Señor Conde es tremenda la fiereza de esas tropas, su conocimiento del terreno las hace peligrosas y huidizas, y están dirigidas no por un chiquillo sino por el mismísimo demonio, no sabemos si se trata del hijo de Owain Jernygan, pero esas tropas están sobradamente preparadas y además sospechamos que reciben instrucción militar de bastardos franceses y castellanos. Se rumorea que se ha visto por la zona a Guilles de Gouzon y a alguien que podría ser Diego de Ampudia, ambos sucios mercenarios y viejos conocidos que nos odian.

-Señor Evans, venís a mi presencia lloriqueando, buscando excusas, de demonios o de mercenarios. Ya derrotamos una vez a Jernygan y ahora lo volveremos a hacer con ese hijo de puta que les dirige, sea quién sea. QUIERO SU CABEZA AQUÍ EN ESTE SALÓN gritó exaltado el Conde. De lo contrario, más vale que muráis en la batalla, porque aquí os espera el peor de los tormentos por cobardes e inútiles.

Una mañana de otoño, un comerciante de telas de nombre Harold Jenkins llegó a las cercanías de Wrexham donde le esperaban ansiosos los nobles del lugar. Harold en realidad era una especie de “informante” que había aceptado su papel a cambio de la liberación de su hijo de las mazmorras del Castillo de Wrexham donde había sufrido torturas despiadadas. Pese a comerciar en zona de guerra, Harold como tantos otros tenía que vivir y había congeniado con ambas partes en conflicto para ofrecer sus productos en los momentos entre batallas, cuando se alcanzaba una efímera tranquilidad.
Las palabras de Harold llenaron de asombro a Peter Evans y sus compañeros.

– Mi señor, el caballero misterioso es en realidad una dama, sobrina de Jernygan, respetada por todos los hombres y la población que la adora. Es delgada y fibrosa, tiene una mirada que incendia los ojos que se cruzan con los suyos. Es temida, dura y despiadada.
– Mientes bellaco, tamaña mentira no va a solucionar los problemas de tu hijo. ¿Una mujer al frente del ejército galés? nos tomas por estúpidos maldito bastardo. Veo que no valoras la vida de tu hijo.
– Mi señor, os juro por lo más sagrado que digo la verdad, es sorprendente pero es una mujer dotada de una fuerza enorme compatible con la gracilidad propia de una dama.

Evans, Jones y otros compañeros no creyeron al comerciante, pero Sir Charles Talbot Conde de Denbigh le dio una oportunidad…

– Yo le creo, dijo ante la mirada atónita de todos. Este hombre ha jurado y eso es motivo suficiente para creerle. Es evidente que tenemos un problema porque ¿quién va a decirle a Cheddelton que su ejército es incapaz de derrotar a un grupo de forajidos dirigidos por una mujer?. No aguantaría semejante situación. Y no dudo incluso que muchos de nosotros terminásemos con el cuello rebanado.
Todos asintieron, cabizbajos

– Hemos de planear una estrategia …


Continuará …

Despegando

imagen: Pixabay

Anselmo era viudo y estaba jubilado. Gran aficionado a la fotografía, muchos días se iba en metro al aeropuerto a ver despegar y aterrizar aviones, lo que se había convertido en un pasatiempo al que acudía con su amigo Ramón. En realidad, iban a una pequeña arboleda pasada la valla al final de la pista donde las vistas de los aviones despegando eran espectaculares. De hecho, a menudo había grupos de aficionados que fotografiaban el momento mágico del despegue.

Era curioso que le gustara ver los aviones, ya que a Anselmo le daba miedo volar. Más que miedo pánico. Solo montó en avión un par de veces y juró no volver a hacerlo, por mucho que se le explicara que era el método de transporte más seguro. De hecho, en vida de Rosa, su mujer, solo fue a Palma una vez y a Lanzarote en otra ocasión. Dos vuelos de ida y vuelta que colmaron sus miedos y temores. Fue consciente de lo mucho que perdía por ese miedo, aun así, fue a París en tren y a Roma en un tedioso viaje en autocar que le provocó una lumbalgia muy dolorosa. Era el precio a pagar como le dijo cariñosamente una vez su querida Rosa, “nada sale gratis en la vida, no quieres volar, pues toma lumbalgia”. Pero así son las contradicciones de la vida.

Una tarde veraniega, Anselmo fue solo a la atalaya despacito en su modesto utilitario porque Ramón estaba en la playa con sus hijos. Hacía calor y era la única persona que estaba en ese momento. Cobijado bajo la sombra de un árbol, vio despegar varios aparatos. De pronto observó uno enorme, probablemente un Airbus de los más grandes, le encantaba la majestuosidad del avión, aunque sintiera un auténtico escalofrío al ver como la panza se iba levantando.

Cogió su cámara de fotos y enfocó de frente al avión. Su idea era tomar fotos en cuanto se alzara del suelo. A través del visor de la cámara, estaba pendiente del momento y llegó a pensar en que el avión estaba apurando mucho el despegue… muchísimo…tanto que apenas le dio tiempo a salir huyendo.

La noticia fue concluyente, hubo 37 heridos en el accidente de un Airbus que, por causas aún sin determinar, tuvo que abortar la maniobra de despegue y por ello, se salió de la pista casi cien metros, arrasando a su paso con los árboles, pero por fortuna sin causar ninguna pérdida humana, salvo los heridos y el consiguiente shock que supuso el accidente.

La habilidad del piloto y la celeridad de los equipos de rescate y de la propia tripulación, contribuyeron a que el mal no fuese mayor desalojando de inmediato la aeronave. Apenas una hora después del accidente el canal 3 comunicó que había un herido grave y tardaron aún unas horas en comprender que no se trataba de ningún pasajero.

Un año después, Anselmo mira con orgullo el premio obtenido en el concurso regional de fotografía de acción. Con seguridad y tras casi seis meses hospitalizado, cambiaría el diploma y los veinte mil euros del premio por no haber perdido su pierna izquierda la tarde del accidente, pero al menos lo podía contar y a fin de cuentas, como le dijo una vez su querida Rosa, “nada sale gratis en esta vida”.

La boda

imagen: Pixabay

Recibí con una enorme sorpresa, la invitación para asistir a la boda de Estrella y de inmediato sentí un extraño hormigueo en el cuerpo. La madre de Estrella era Berta, fue mi amor juvenil y creo que también mi amor maduro. Vivíamos en Tenerife y desde que rompimos nuestra relación, las pocas veces que la había visto en reuniones de amigos, comprendía que aún hoy, pasados más de veinte años, mi corazón se estremecía cada vez que la veía. Conocía de memoria su mirada, sus gestos, el significado de sus muecas.

Nunca supe la causa de nuestra ruptura, porque jamás lo hablamos. Yo creo que fue una decisión suya, pero siempre me intrigó el motivo de una ruptura tan drástica. Ambos iniciamos entonces caminos que no habrían de converger jamás. Yo creía que nos quedaba solo el recuerdo pero cada vez que escuchaba su nombre comprendía que aún quedaban rescoldos de aquel fuego apagado.

Tras la ceremonia hablé con ella, con normalidad aparente y con un enorme cariño mutuo. En un momento preciso, apareció Estrella con su reciente marido. Estaba muy guapa, digna hija de su madre. Hablamos de cosas banales y cuando se fueron a saludar a otros invitados le dije a Berta, lo mucho que su hija se parecía a ella. Berta me describió a su hija como cariñosa, muy noble, algo cabezota y sobretodo una bellísima persona.

-Es igual que su padre apostilló al final… Igual que su padre. 

Posó sus ojos en los míos, en un gesto que reconocí de inmediato. Su mirada me hablaba. Sentí un inmenso calor en el cuerpo, tuve que sentarme y beber algo mientras me deshacía el nudo de la corbata.

-¿Entonces…?

-Sí…

-Pero por qué no me lo dijiste…

-No lo sé, nunca encontré el momento

-Me gustaría que ella supiese que…

-No, dejemos las cosas así, tenía que decírtelo, tenía una deuda contigo. Ahora ya lo sabes, pero no quiero que entres en su vida. Ya no. Ese año terminabas la carrera y te salió un trabajo en Madrid. Lo siento Miguel, fue mi decisión hace más de veinte años, tal vez fue una decisión errónea, no lo sé, no me lo planteé entonces y menos ahora.

En el avión de regreso, sentí un nudo en la garganta, una congoja enorme que no podía superar.

Helen y Brian

Helen y Brian decidieron que había llegado el momento de terminar de una vez por todas, con el dolor de Brian fruto del cáncer extendido que sufría. Sin posible solución quirúrgica y tras los fallidos tratamientos de quimioterapia, ambos decidieron precipitar el final para evitar el sufrimiento.

Para ello necesitaban a alguien de confianza que les ayudara y contaron con Bill Schultz médico de profesión y amigo de la familia desde hacía muchos años. Así pues, se reunieron con él y le expusieron el plan que Bill aceptó sin demasiados recelos. 

Bill tenía acceso a la mezcla de medicamentos oportunos, que previa sedación, pondría fin al sufrimiento de Brian. Y por supuesto sin dejar rastro. La probabilidad de encontrar pruebas era mínima y menos aún en un enfermo terminal que fallecería sí o sí en unos meses.

No lo contarían jamás a nadie. Helen y Brian no tuvieron hijos en su matrimonio y el resto de la familia solo sabría de la muerte “natural” de Brian, fruto de su enfermedad.

Eligieron el día adecuado, un miércoles primaveral. Bill llegó al domicilio con la medicación dispuesta. Helen y Brian le recibieron serenos. Se abrazaron intensamente como despedida. Y Brian fué a su dormitorio y se tumbó en la cama. Bill le siguió mientras Helen llorando, se quedaba en el salón.

Tras apenas unas pocas palabras, Bill inyectó primero el sedante y posteriormente una vez que Brian se adormeció, le inyectó en una vena, el líquido que atravesaría el torrente sanguíneo hasta causar el desenlace en apenas unos segundos. Y así sucedió.

Al volver al salón, se abrazó a Helen.

– ¿No ha sufrido, verdad? Pregunto ella.

– No te preocupes, respondió Bill, todo ha ido según lo previsto, Brian no ha sufrido.

Y acto seguido se abrazaron apasionadamente.

-¿Bill, crees que Brian llegó a sospechar algo de lo nuestro?

– Seguro que no, bastante tenía el pobre hombre con su enfermedad.

La tranquilidad de la pareja se vio truncada cuando a las pocas horas, el inspector Rooney sugirió la posibilidad de aplazar la incineración del cuerpo de Brian, para hacerle una autopsia.

– No lo entiendo, le dijo Bill a Helen, es absurdo hacerle la autopsia a un enfermo terminal.

Wilco abogado y hermano de Helen, contactó con el inspector Rooney acerca de la idoneidad o no de esta prueba y se sorprendió cuando se enteró que la policía había recibido un mensaje de texto desde el teléfono de Brian, dos horas después de su muerte.

La autopsia confirmó la ingesta de un potente cocktail de medicamentos que le causaron un paro cardíaco a Brian. Cuando Bill fue detenido, no daba crédito a lo sucedido. Solo el difunto, Helen y él, conocían el plan…

– ¿Helen? No puede ser, no puede ser…

Mientras tanto Helen después de declarar en la comisaría, mostrar su perfecta coartada e inculpar a Bill quién según ella llevaba meses acosándola, mostrando incluso un audio del propio Bill que le incriminaba, se fue a dar un paseo al parque.

Había acabado con el sufrimiento de su querido Brian, por el que sentía más cariño que amor y de paso había terminado con la carrera del doctor Schultz, el mismo que veinte años antes le había provocado un aborto tras dejarla embarazada y no querer responsabilizarse del hijo que hubieran podido tener juntos.

Helen se dejó convencer, pero la intervención fue una chapuza absoluta, que se complicó por la mala praxis de Bill y tras la cual, Helen jamás pudo ser madre, algo que nunca olvidó.

Presencia

Imagen Montalleri

Pablo no le conoce, aunque piensa a diario en él.

Es cierto que no está literalmente en su vida, pero siente su presencia muy cerca, como un impulso, como un empujón constante para seguir avanzando.

Ignora su pasado, pero siente que él, forma parte de su presente.

Y lo más importante, siempre les agradecerá a él y a su familia, el regalo que le hicieron, nada menos que la vida, cuando recibió ese corazón donado que hoy le permite ver amanecer.


Somos LÍDERES

Decisiones

Abrió los ojos en medio de un fuerte dolor de cabeza. El despertador marcaba las once de la mañana. ¿Cómo era posible que hubiera dormido solo cuatro horas? La reunión de amigos del viernes terminó cerca de las siete de la mañana y Pablo cayó rendido en la cama. El dolor de cabeza era en realidad una profunda resaca.

Penosamente Pablo se levantó de la cama. El salón apestaba a tabaco y a otros olores indeterminados. Estaba lamentable, vasos, botellas, ceniceros, sillas volcadas, platos con restos de comida, manchas sobre la alfombra…

La cocina no presentaba mejor aspecto y todo eso habría que limpiarlo hoy… que espantosa pereza. Entonces se fijó en el reloj de la cocina que también era calendario.

No. No había dormido cuatro horas sino veintiocho horas seguidas. Eran las once de la mañana del domingo. Eso pareció tranquilizarle. 

Desde que Laura se marchó de casa, su vida había dado un giro peligroso hacia la permanente dejadez en todos los ámbitos. Aún recordaba la última vez que se vieron hacía apenas un mes, en la cafetería de la esquina:

– Tienes que decidir que va a ser de tu vida Pablo, yo estoy dispuesta a ayudarte, pero la decisión es tuya.
– No quiero decidir nada, no quiero cambiar nada, estoy bien así.
– Bien Pablo, veo que ya has decidido, porque no decidir es en si misma la peor de las decisiones que podías tomar, allá tú.

Maldita idiota pensó Pablo, mientras el corazón latía intensamente en sus sienes, siempre estaba dándole instrucciones.

Y acto seguido, comenzó a buscar la cafetera escondida tras una maraña de botellas, platos y desperdicios.


Imagen: https://pixabay.com/es/

El Plan

El plan estratégico hacía aguas por varias partes, el desarrollo de tecnología no parecía el apropiado a los objetivos de producción, que a su vez eran pura demagogia, absorbidos por unas cifras de ventas excesivamente optimistas. La financiación del proyecto no era sólida y para colmo el personal de base, carecía de la formación suficiente para afrontar los cambios en las tareas.

A través de mi jefe el señor Gómez acudí a la reunión del comité de dirección que iba a evaluar el proyecto. Mi misión de apoyo consistía en mostrar los modelos de cálculo financiero y econométrico de las variables implicadas en base a distintos escenarios. Mi habilidad me permitía modificar dichas variables y obtener resultados en cuestión de minutos.

En un momento de la reunión me decidí a pedir la palabra, ante el asombro de los miembros del comité, ya que yo nunca hablaba salvo lo estrictamente necesario.

Como me permitieron hablar, expuse claramente los problemas de un plan excesivamente arriesgado y que podría colocarnos en desventaja frente a los competidores. Ajusté las hipótesis de ventas, costes, márgenes, precios y por supuesto producción, demostrando que nuestros objetivos eran peligrosamente ambiciosos pero proponiendo varias alternativas que aligerarían la carga financiera y racionalizarían la estructura productiva.

En ello estaba cuando el director general, señor Crespo, dio un sonoro puñetazo en la mesa, diciendo:

– Estoy harto Gómez, le recuerdo que este elemento se le asignó para trabajar no para pensar, porque para pensar ya estamos nosotros, que somos el comité de dirección. Así que proceda…

Gómez replicó,

– Creo señor Crespo que deberíamos escucharle, hay factores que se nos escapan…

– Que proceda coño, grito el director general.

Y Gómez abrió mi caja de fusibles de concatenación y arrancó el correspondiente a mi función de habla. Cabreado con la situación, decidí bloquear mi sistema operativo, paralizar mis placas y entrar en bucle.

Uno es un robot, pero tiene dignidad.

Cambios en la Constitución

Creo llegado el momento de reformar la constitución. A ella me he agarrado, amparándome en que era muy difícil cambiarla y en que de momento funcionaba.

Me la sé casi de memoria y hay situaciones claramente mejorables. La constitución tiene más de cuarenta años y es ahora cuando estoy decidido al cambio. Sirvió en el principio que fue algo convulso, esos años de juventud constitucional, donde la novedad impregnaba el día a día.

Se mantuvo en los años siguientes sin mayores altibajos, pero ahora la constitución debe adaptarse a los cambios acaecidos en estos últimos años.

Por ello tras un pequeño debate personal sobre lo que me dijo el médico, voy a cambiar mi constitución, comenzando una dieta de cuatro meses convencido de que será para mejor.


Nota: no soy el de la izquierda, pero tampoco el de la derecha 😉

La mano arácnida

arana-en-mano_5152Desde aquél minúsculo cuarto se oía la música de la fiesta, su familia y los vecinos celebraban la victoria de su equipo bailando y bebiendo.  El calor era intenso, la humedad  asfixiante.

En el cuarto una sola persona pero dos entes propios.  Él y la araña que le seguía a todas partes y con la que hablaba a menudo, mientras movía sus propios dedos como si fueran las patas del arácnido en una simbiosis perfecta con su mano.

Habían pasado ya cuatro años desde que el desamor de una mujer, la sinrazón de un galeno y la intolerancia familiar, le postraron allí como un loco.  De repente su sobrino dijo, “le llevamos una copa al tío Marcelo” y alguien contestó, “no, que se la bebe la araña”.  Todos rieron la gracia, la música se intensificó junto a bailes, cánticos y banderas al viento.

Marcelo en su cuarto pensó que era el momento preciso. Había cogido una afilada cuchilla de afeitar del baño. Y con ella, comenzó a cortar las patas de la araña. No sintió placer, tampoco dolor, tan solo le embargaba la sensación de que era necesario terminar con ella de una vez.  Y lo hizo.


 Texto original publicado octubre 2016