Trece

El reloj de la plaza tenía cerca de cien años y funcionaba a la perfección. Ubicado en una torre levantada tres siglos antes, era cuidado, engrasado y casi mimado por Andrés con el mismo cariño que empleó su padre y antes su abuelo para el mismo menester.

Andrés trabajaba solo y su fallecimiento llenó de luto al pueblo porque era un hombre muy apreciado. Pero la secuencia familiar de mantenimiento del reloj iba a romperse, porque el hijo de Andrés se dedicaba a la hostelería en una ciudad del norte y su hija era bióloga.

Durante unas semanas, el reloj funcionó bien, pero a partir del mes, comenzó a dar una campanada de más al llegar a las doce, ya fueran del mediodía o de la medianoche.

Para solucionar el problema, vinieron técnicos desde la capital, incluso de la casa original que estaba en Alemania, pero nadie fue capaz de entender el problema técnico por el que el reloj daba una campanada de más a las doce. Y los vecinos comenzaron a pensar en los malos augurios del número trece reflejado en esas trece campanadas.

Un concejal propuso en el pleno del ayuntamiento, que se sustituyera la esfera del reloj por otra en la que aparecieran las trece horas, lo que podría ser hasta un reclamo turístico, pero el pleno desechó la idea por mayoría.

Fue en esa misma noche tranquila y apacible, cuando la torre donde se ubicaba el reloj, se vino abajo. No hubo movimiento sísmico, ni tempestades, ni nada que justificara lo sucedido en un conjunto edificado en el siglo XVIII del que única y exclusivamente se derrumbó la torre que sustentaba el reloj.

Y lo hizo exactamente después de las trece campanadas.


Imagen: https://www.zazzle.es/

Autor: Montalleri

Ahorremos explicaciones, nunca emociones

29 opiniones en “Trece”

  1. Pues claro! Pese a la llamada de atención, nadie retomó los mimos y cuidados. Echar de menos te resquebraja poco a poco. Cómo no derrumbarse?!
    Muy Lindo Montalleri

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    1. Que buena observación Ecléctica y que gran verdad. Es fácil derrumbarse cuando se echa tanto en falta. Es obvio que Andrés tenía una mano especial, para un reloj igualmente especial.
      ¿Con alma? Por qué no.
      Un abrazo y como siempre encantado de recibirte en esta morada.

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  2. Como cualquier máquina nación inanimado, pero poco a poco, años tras años se le fueron adosando trocitos de alma y acabó sintiendo la soledad como cualquier humano. Excelente relato Carlos. Un abrazo.

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    1. Y excelente comentario por tu parte Carlos, entendiendo esa situación de un alma que se fue creando al amparo del cariño y la delicadeza. La emoción prevalece en esas agujas olvidadas y llorosas. Un abrazo.

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    1. Como dijo Proust, para un reloj los días son exactamente iguales, pero para el hombre no es así. Quizás esa diferencia emocional se pueda trasladar a un objeto dándole un alma de la que en principio carece. Quien sabe 😉

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    1. Es curioso Mayte porque la mayor parte de los comentarios van en ese sentido, en dar alma a algo que no la tiene pero que -nunca se sabe- podría tenerla. Y creo que eso es también muy bonito. Quizás nada es totalmente casual en las cosas y situaciones que suceden a nuestro alrededor.
      Un abrazo.

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