Veinte años

Creo que en el corazón de un veinteañero actual como mi hijo, caben muchos principios y modos de ver la vida que podrían ser compartidos con aquél otro veinteañero que fui hace unos “cuantos” años. Lo sé porque con mi hijo hablo mucho y de muchos temas. Y por supuesto que discrepamos y tenemos puntos de vista diferentes como es lo lógico y natural. Eso sí, los defendemos con pasión argumental, pero siempre con respeto y con cariño. Él aprende de mí y yo aprendo y mucho de él. Siempre respetando nuestros respectivos espacios.

También mi padre fue un veinteañero en la España más difícil posible, años oscuros en una España oscura. Si algo aprendí de mi padre fue a no juzgar a nadie y a ponernos en el lugar del otro para intentar comprender sus posturas. Mi padre –ya fallecido- era un hombre excepcional, hecho a sí mismo en un momento verdaderamente difícil. No tuvo tiempo ni posibilidades de estudiar porque comenzó a trabajar de muy joven. Pero era un hombre lleno de inquietudes que le hicieron aprender de todo,  lo que unido a su intuición y esfuerzo le permitió formarse en una  universidad que no da títulos, la universidad de la vida.

Y yo fui un veinteañero en la época de la transición política, en la que me impliqué mucho en mi etapa universitaria, en unos años que se  llamaron los de la “movida” con un aperturismo desconocido en aquella España que tenía tantas ganas y necesidades de cambios; en la que el ansia de libertad primaba sobre cualquier otra necesidad.  Una época en la que el pop y el rock nacional eran casi una religión y en la que a falta de otros recursos, probábamos nuestra capacidad imaginativa casi a diario.

Y aunque los veinte años de mi padre no fueron los mismos que los míos, ni estos fueron iguales a los actuales de mi hijo, estoy convencido de que hay edades en las que la naturaleza humana y especialmente la juvenil, nos hace compartir muchas ilusiones comunes, todas ellas matizadas, con las vivencias de cada momento en el espacio temporal e histórico que nos toca vivir.

 

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Autor: carlos montalleri

... si nos preguntan la hora, no es necesario explicar como funciona un reloj ... cmontalleri@gmail.com

25 comentarios en “Veinte años”

  1. Interesante reflexión. A mi hija mayor le faltan 10 años para los 20, pero cuando los tenga espero poder hablar con ella como tú haces con el tuyo.
    ¿Algún consejo para sobrellevar su adolescencia?
    La historia de mis padres es similar a la del tuyo, aunque a mi madre en concreto le costó aceptar que me hice adulta, quiero pensar que el salto generacional de mi a mis hijos es menor y espero ser capaz de entenderlos mejor.

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    1. Hola Luna, no hay consejos, mejor dicho, no me veo yo dando consejos como padre, tan solo se necesitan (que no es poco) unas dosis de paciencia y comprensión, junto con educación y respeto. En casa aprendí que todo se soluciona hablando. Aún te quedan diez años, pero en general tienes por delante una etapa apasionante. He hablado de mi hijo, pero también tengo una hija adolescente con las hormonas alteradas jajaja. Las chicas son/sois diferentes y en muchos aspectos adelantadas a los chicos a la misma edad.
      Gracias por tu comentario y un abrazo.

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    1. Así es Claudia, hay unos valores que los transmitimos y que son comunes por mucho que cambien las circunstancias o las modas y no digamos, la tecnología. Estoy muy orgulloso de mi padre como creo que se nota en el texto. Con mi hijo estamos tejiendo una relación estupenda donde las diferencias lógicas generacionales se comentan abiertamente. Me alegra saber que te sientes identificada. En cuanto a la música, es que aquella época fue inigualable, decenas de grupos que removieron el ámbito musical en la España de esos años. Forma parte de la banda sonora de mi vida. Un abrazo amiga.

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    1. En primer lugar bienvenido al blog, que como digo siempre, es de todos aquellos que lo visitáis. Gracias por tu opinión, me alegra que te haya dejado esa sonrisa melancólica. Es cierto que hay valores básicos que no cambian con el paso de los años y que se adaptan a las circunstancias de cada momento. Un abrazo.

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    1. Así es, son esos valores que se transmiten y que es bonito recordar como procedentes de tus propias raíces. Me alegra que te haya gustado. En cuanto a la música ya sabía que la compartías porque a fin de cuentas es también tu música amigo, que ya vamos echando años jajaja.
      Un abrazo Sabius y gracias por tus visitas y comentarios.

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    1. Gracias Lidia, no solo es inevitable el cambio sino que yo creo que es necesario tanto el cambio para los jóvenes como la adaptación al cambio en los menos jóvenes. Recuerdo a mi padre usando el Word para sus carta y se manejaba con una cierta soltura. Y claro nosotros también tenemos que adaptarnos. Eso es parte de la clave.
      Buena semana y una abracada

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  2. Ayer hablaba de esto mismo con un amigo, no en las mejores circunstancias. Si a ti te han educado con una serie de principios básicos, y tu hijo tiene la fortuna de comprobar que esos principios se repiten en las dos generaciones previas (padres y abuelos), la posibilidad de que eduque a sus hijos en esos mismo principios, es muy elevada. Obviamente con el matiz personal, y la evolución de los tiempos.

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    1. De eso se trata Antonio, principios de base y adaptación al contexto de momentos que pueden ser muy, pero muy diferentes. También influye sin duda, el factor “suerte” porque la vida da muchas vueltas y no todas son en la dirección indicada. Yo estoy muy orgulloso de la relación que tuve con mi padre y trabajo para que la relación con mis hijos vaya en ese mismo sentido, intentando optimizar y positivizar nuestras diferencias.
      Un abrazo.

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  3. Interesante reflexión sobre las relaciones padres-hijos. Ojalá cuando mi hijo sea adolescente pueda tener una relación con él tan buena como la que tú tienes con tu hijo y como la que tuviste con tu padre. Es una etapa que da un poco de miedo. Yo recuerdo la mía y reconozco que no tuve una buena comunicación con mis padres por distintos motivos. Un abrazo.

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    1. Hola Mayte, en mi opinión tener una buena relación con la familia, con la pareja, o con los amigos, es algo que hay que trabajarse entre las partes implicadas. En ese aspecto tuve un padre muy abierto e inteligente que supo adaptarse a mis inquietudes juveniles, como yo también supe adaptarme a él. Y no veas como le echo de menos a mi edad. Creo que junto a mi hijo he/hemos emprendido un camino muy sincero y abierto y de momento vamos muy bien. Comprendo tu miedo, no es fácil, hay baches y te aseguro que lleva trabajo, pero merece la pena. La comunicación es vital. Un abrazo

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  4. Esos veinte años… qué recuerdos me ha traído tu artículo. Me ha gustado mucho. Todavía queda para que llegen a esa edad mis hijos así que a vivir de los recuerdos y esperar…. Un abrazo

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  5. Siento no tener el referente de unos padres para poder comparar mis vivencias en relación a ellos con las de mis hijos conmigo.
    Tampoco tuve una juventud al uso, con 20 años, la edad de tu chico, yo tenía ya a mis dos hijos, y creo que la comunicación con ellos no ha sido como a mí me hubiera gustado, supongo que mis traumas de niña han influido.
    Tienes mucha suerte de haber vivido una infancia feliz con tus padres y ahora una madurez feliz con tus hijos. Sigue así.
    Un abrazo.

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    1. Estrella en este texto hablo de mis veinte años y la confianza que tuve con mi padre. No exactamente de que fuera feliz. La felicidad es una quimera y ver el paso del tiempo con la distancia emocional necesaria y tal vez con la madurez, ayuda a comprender ciertas actitudes.
      Conozco un poco tu experiencia leída a través de tu blog, donde te expresas con una inmensa sinceridad. Ánimo y como creo te dijimos en uno de tus posts, pon algo de distancia si te es posible. Un fuerte abrazo.

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      1. Mis pequeños traumas no interfieren demasiado en mi vida diaria, Carlos. Cuando hablo de ellos es desde la distancia que dan los años y la experiencia.
        En cuanto a la felicidad, ya sé que es una moneda de mucho valor que pocas veces llegamos a alcanzarla, me refería más bien a una infancia normal, con el cariño de unos padres, con sus claros y sus sombras, pero con el soporte vital de ellos.
        Un abrazo.

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