La batalla permanente

caballeros

Todos los meses, el señor de Goncourt y el señor de Lafitte batallaban en tierras anexas a sus castillos y posesiones. Eran combates de prestigio y no especialmente bárbaros ya que las bajas eran por fortuna pocas, aunque las secuelas de las batallas eran palpables en forma de amputaciones y heridos.

La costumbre era casi ancestral desde hacía no menos de cien años, incluso tenía unas reglas no habladas, como no guerrear en el día del Señor, o en momentos de extremas inclemencias, respetar la vida de los heridos y entregar a los fallecidos al bando contrario para su sepultura.

En una ocasión Pierre de Goncourt preguntó a su padre, por el motivo de tamaña rivalidad. Pero su padre no supo darle una respuesta concreta.

“Bueno… (dudó), es como una costumbre, una necesidad, una lealtad a nuestro blasón, para aliviar la afrenta de la que fuimos objeto hace mucho tiempo, cuando el abuelo de mi abuelo, fue ofendido por el entonces señor de Lafitte, un malnacido, como todos sus descendientes”

Pero Pierre no se quedó convencido, “¿Y cuál fue esa afrenta, padre?”

“Qué más da, lo importante es borrar del mapa a los Lafitte, sucios bastardos”

“Padre, ¿me estás diciendo que no sabemos por qué combatimos?”

Las palabras de Pierre no cayeron en saco roto y su padre reunió al consejo de Nobles para preguntarles por el verdadero motivo de las peleas. Y sucedió que nadie recordaba a ciencia cierta la causa. Unos hablaron del asesinato del abuelo Goncourt, otros de una cuestión de lindes, incluso de una violación de una doncella de la familia, pero no se pusieron de acuerdo, por lo que el Señor de Goncourt decidió enviar una embajada al Castillo de Lafitte para aclarar la contienda.

El Señor de Lafitte recibió a la comitiva, sin agasajos de ningún tipo, en medio de una tensión palpable.

Ambos señores parlamentaron durante horas mientras daban cuenta de la mejor cosecha del año. Y así, entre copa y copa, ninguno fue capaz de razonar sobre el origen de la contienda, transmitida de padres a hijos durante generaciones.

Por ello, tras dos días de reuniones y ante la ausencia de razones de peso, decidieron poner fin a las luchas con un documento rubricado por ambos que aclaraba cualquier posible disputa sobre lindes y territorios, además de sentar las bases para el inicio de una etapa de intercambios comerciales entre ambos territorios.

Es más, en un ambiente de armonía decidieron casamentar a Pierre hijo del Señor de Goncourt con Isabelle hija del Señor de Lafitte.

Pero a la hora de decidir en qué castillo se celebraría la ceremonia, saltaron de nuevo las diferencias, y como no podía ser de otra forma, ambos Señores junto con sus Nobles, decidieron que la mejor manera de dirimirlo, sería con una nueva batalla en campo abierto.

El vencedor podría celebrar la boda en su castillo.

foto: http://www.historiarum.es/

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Autor: carlos montalleri

... si nos preguntan la hora, no es necesario explicar como funciona un reloj ... cmontalleri@gmail.com

30 comentarios en “La batalla permanente”

  1. Que mejor solución que arreglarlo a machetazos. ¿Y si se cargan al novio en la batalla? Entonces ya tienen motivo para otros cien años de peleas. Aunque no creo que necesitaran motivos en esos tiempos medievales. Un abrazo

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  2. Excelente relato sobre la estupidez del que manda. Y el sargento armero con el carro atestado de hierros y carbón, puntualmente pasaba vencido el mes, en ambos castillos, la correspondiente factura por remaches, remiendos y afilados varios, ese recordaba que la disputa la provocó su tatarabuelo para dirimir cual sería el primero de ellos en recibir sus servicios. Pero eso se lo calla, porque la guerra eterna es su negocio. Un abrazo.

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    1. Me encanta la clarividencia de tus comentarios Carlos, siempre buscando “tres pies al gato” jajaja acabas de descubrir la clave del negocio. Pero tu clave es real por completo. ¿Cuantas veces dos potencias arman a los oponentes de cualquier guerra? prácticamente siempre. ¿Cuestión de honor? o será que “la pela es la pela”. ¿Te das cuenta de la de estúpidos que mandan? Un abrazo

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    1. Hay que señalar que en esos tiempos esos Señores solo sabían guerrear, pobrecitos, no es una excusa. Pero es curioso que pasados los siglos se sigue guerreando. En algún comentario anterior ha salido la palabra “negocio”. Reflexionemos. Un abrazo Ana

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    1. Hola Lidia, la ironía es tal que por no saber, no saben ni porqué guerrean. Cualquier chispa, cualquier malentendido, cualquier tropiezo y zas…. ya está liada. Tal vez me piense si en la batalla pendiente por el bodorrio queda herido Pierre, el hijo, porque tal vez la historia diera para otro post. Y ya puestos, incluso herido… pobrecillo en su más valiosa herramienta. Bueno mejor lo dejo por hoy jajaja
      Un abrazo

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      1. ¡Y tanto que da para otro post! Y para unos cuantos si te lo propones… Isabelle, la rebelde hija del señor de Lafitte, se niega a casarse después de decidirse en cruenta batalla dónde se celebrará el casorio!! ¿Te imaginas? 😉

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  3. Excelente ejemplo ilustrativo de inmovilismo, lamentablemente extrapolable a otras muchas situaciones y ámbitos, públicos y privados. No es sencillo cambiar, no es sencillo variar “costumbres”, guerreadoras o no… y… ¿quién necesita razones?

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    1. Hola Ecléctica, inmovilismo de cortas miras diría yo, en efecto aplicable a muchos ámbitos. Ya se sabe, las costumbres que han de mantenerse…. También la hoguera era una costumbre… porque ya puestos…
      ¿Razones? ¿Desde cuando es necesaria una razón para originar un conflicto? Si acaso algún motivo que otro puede valer.
      No olvidaré jamás ese momento de Les Luthiers cuando crean un conflicto entre Noruega y Argentina y el muy querido Marcos Mundstock contesta diciéndole al grandísimo Daniel Rabinovich…”si pudimos inventar un enemigo, miren si no podremos inventar un conflicto”. Grandes Les Luthiers !!!!
      Un abrazo Ecléctica

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  4. El caso es mantener a la señora violencia en las filas.
    Me temo que en eso no hemos cambiado y que no importan las razones, como bien deja entrever tu relato.
    Los enemigos seguirán existiendo mientras no reconozcamos el peso y el valor del dialogo por encima de la fuerza.

    Gran historia entre las historias de la humanidad que no variaron ni un apice a pesar de los siglos.

    Un abrazo, Carlos.

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    1. Hola Mukali, pasan los siglos pero algunos planteamientos no se han alterado. Quizás lo veamos más claro en tiempos muy antiguos, pero si analizamos por ejemplo el siglo XX veremos que los conflictos que acaecieron tuvieron casi siempre un denominador común, el ánimo de batallar, la violencia y la ausencia de diálogo. Me alegra verte de nuevo. Un abrazo

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