Ocre

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Necesito el otoño ya, el de siempre, el de las hojas caídas, el de los tonos ocre. El de mis recuerdos, el “andante melancólico” del que hablaba George Sand, el que hemos de “aprovechar… antes de que el invierno nos escombre” como decía Benedetti. 

El que permite sentir el ruido seco de nuestras pisadas sobre las hojas y bajo la fina lluvia, mientras reflexionamos en la soledad más deseada o en la compañía más preciada. Aquél en el que caen las hojas mientras el árbol siempre se mantiene en pie.

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Autor: carlos montalleri

... si nos preguntan la hora, no es necesario explicar como funciona un reloj ... cmontalleri@gmail.com

22 comentarios en “Ocre”

  1. Mucha es la gente que anhela el frío invierno. Con él se acortan las horas de luz. La vida se vuelve íntima, el ánimo, como indicas, tiende a la melancolía, y esta a la tristeza, desatando la producción poética.
    También puede ser al revés. Que un ánimo nublado desee una meteorología acorde.
    Nuestra gran suerte es que las estaciones se suceden, desatendiendo euforias o depresiones, sacudiendolas con escarchas o dias espléndidos inmisericordemente.
    Cierto es que este año la desnudez forestal y los rubores otoñales se han hecho esperar… como casi todo lo que vale la pena… pero todo llega.
    Como siempre, gracias por llevar a la reflexión.
    Preciosa foto Montalleri

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    1. Hola Ecléctica, me gusta sentir todas las estaciones en su esplendor, me gusta el día de otoño nublado tanto como el soleado, primero por una cuestión de pura meteorología y segundo por la posible influencia en el estado de ánimo, aunque a mi me encanta pasear bajo la lluvia y ahí el otoño se lleva la palma. Tienes razón todo lo que merece la pena se hace esperar. La foto siendo sencilla es muy especial para mí. Un abrazo.

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  2. Enrojecen las paredes
    de algunas calles
    tapizadas de memoria.

    Rubor cómplice
    de la ciudad en otoño.

    Todavía octubre,
    todavía verde en las hojas,
    breve savia tardía.

    Vanidad de las tardes,
    encendidas de rosa y oro,
    ebria entrega de su última luz.

    Pura atardece la ciudad
    llenando de noche
    aceras y esquinas.

    Blanca vanidad de la luna
    que derrama su plata
    sobre las sillas apiladas
    de un jardín cerrado.

    (“El libro de la ciudad”)

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